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Su noche de verbena


Teresa nunca le contó a su novio, ahora su marido, lo que le ocurrió un lejano verano en el que ella se encontraba de vacaciones en la Costa Brava. Pero lo recordaba de vez en cuando y eso le producía al mismo tiempo, malas y buenas sensaciones. Malas, por la traición a su pareja, y buenas, por lo bien que lo pasó. Lo volvió a recordar, sola en casa, acostada en la cama. Se vio, a sus 18 años, en una noche calurosa de verano saliendo de fiesta con una amiga en una bella población costera catalana. Habían quedado con unos amigos, unos deportistas muy simpáticos, para ir a una verbena de la localidad.

Ella, espléndida y atractiva, de bonitas piernas y notables senos, con su melena morena, vestida con un corto conjunto azul, llamaba la atención de los hombres por donde pasaba. Con Juan, Ignacio, Luis y Paco, que así se llamaban sus acompañantes, chicos de buena planta, bien formados, llegaron a la verbena. Se sentaron en una mesa y pidieron unas copas. Poco acostumbrada a beber, cuando le sirvieron el segundo cubata, se sintió flotando y muy animada. Se olvidó de su novio y cuando su amiga le comentó que se encontraba mal, que se iba a dormir pues trabajaba al día siguiente, y que Paco la llevaba al apartamento donde estaban alojadas, Teresa le dijo que se quedaba.

Ignacio aplaudió su decisión y la sacó a bailar. Sonaba “Yesterday” de los Beatles y ella dejó que la apretara con fuerza bailando. Ignacio le susurraba piropos al oído: “eres preciosa, me vuelves loco”. Y ella callaba, incluso cuando él empezó a mordisquearla en la oreja. Porque sintió una súbita excitación en la entrepierna con los mordisquitos y, sobre todo, al notar como algo duro crecía en su compañero de baile y le alcanzaba. “Me estás poniendo a cien. Lo notas, ¿verdad?”, le musitó al oído Ignacio.

Teresa, que sólo había follado en un par de ocasiones con su novio, no le contestó. Animada y suelta, se abrazó más a él y le ofreció sus labios para que la besara. Ignacio aprovechó la invitación y comenzaron un largo y excitante morreo con lengua. Pero en un momento, ella se apartó. “No sé lo qué me pasa. Serán los cubatas. No está bien lo que hago. Tengo novio”, le explicó. Ignacio, atento, la tomó de la mano y fueron a sentarse con Luis y Juan. “¿Quieres que te llevemos a casa?”, se ofreció Luis. Teresa dijo que prefería que la llevaran a un sitio despejado, mejor cerca del mar, para airearse. Y eso hicieron. Subieron al coche de Ignacio, y se marcharon los cuatro a una playa solitaria. En el camino, Luis y Juan le recordaron a Teresa que les debía un baile, que sólo había bailado con Ignacio. “¡Y de qué manera!”, apostilló Luis, comentando que habían presenciado el morreo que se habían dado en la pista de baile.

Ella les dijo que no fueran malos, que estaba medio piripi por los cubatas, que la dejaran tomar el aire tranquila. Al llegar a la playa, aparcaron cerca de la arena. No había nadie, y bajaron los cuatro del coche. Hacía mucho calor y los tres chicos se sacaron los polos paseando por la arena. Teresa se cogió del brazo de Luis e Ignacio y afirmó encontrarse mejor. Juan, que iba delante, se volvió y le dijo: “Teresa, podías quitarte también tú el vestido. Estarías más fresquita”. Ella le contestó que no se fiaba de ellos, que si se quitaba el vestido podían animarse demasiado. “Anda, no seas así. Si apenas te veremos, con la oscuridad que hay”, le explicó Luis.

Teresa se soltó de los chicos y se puso seria. “No quiero quitarme nada, está claro”, les dijo. Pero ellos no se rindieron. Se acercaron a ella. Ignacio la tomó de la cintura y le acercó los labios. “Déjame, no quiero que os aprovechéis de mí”, le pidió. Ignacio no le hizo caso. Comenzó a besarla en la boca y vio como ella se resistía, pero se rendía a los pocos segundos, respondiendo a su beso con indudable pasión. Ignacio le metió la lengua y la juntó con la de ella. Mientras lo hacía empezó a sobarle las tetas por encima del vestido. Los pezones de Teresa se pusieron erectos al contacto. Ignacio lo notó. “Estás deseando que sigamos, estás caliente”, le susurró. “Sí, pero no está bien. Os queréis aprovechar de mí, seguro, y eso no está bien”, le respondió ella.

Luis se puso detrás de ellos y le levantó el vestido a Teresa. Se lo subió hasta la cintura. Sus braguitas blancas quedaron a la vista. Luis empezó a sobarle las nalgas. Ella, avergonzada, pero incapaz ya de plantarles cara, no protestó. Se sintió en una nube sexual, sabiendo que los tres chicos se la querían tirar. Notó como los dedos de Luis se introducían por dentro de sus braguitas y le acariciaban el culo. Notó como Juan, el tercero, se había colocado a un lado y le metía dedos también por delante dentro de las braguitas paseándolos por su mojada raja. Ella, sin mirarlos, seguía morreando con Ignacio. Pero no pudo más. Se soltó de los tres y situada en medio les dijo: “Os he pedido que os estéis quietos”. Pero ellos continuaron sin hacerle caso. Volvieron a cogerla y la echaron en la arena. Agarrándola de los brazos Luis y Juan, Ignacio le subió el vestido y le quitó las braguitas dejando su frondoso coño a la vista. “¡Dejadme, no quiero que me hagáis nada!”, gritaba ella.

Pero Ignacio siguió. Se puso a lamerle el coño, sujetando las piernas de la chica. Estaba húmedo de flujo y sudor. “¡Qué sabroso!”, dijo a sus amigos. La lengua de Ignacio propició que Teresa se calentara del todo. Bajando su resistencia, les pidió que, por lo menos la dejaran quitarse el vestido para que no se arrugara. La soltaron un momento, ella se levantó y se sacó el vestido. Luis se acercó y le quitó también el sujetador. Quedó totalmente desnuda entre los tres chicos. Realmente estaba apetecible, con sus firmes senos, sus largas piernas, su peludo coño, a disposición de ellos. La miraron con auténtica lascivia.

Ella bajó la cabeza, se cubrió las tetas y el sexo con las manos y quedó quieta a la espera del asalto de los chicos. Lo que ocurrió después fue un desmadre total. En pocos segundos ellos se desnudaron del todo, se lanzaron sobre ella, la volvieron a echar en la arena, la sobaron por todos lados, le pellizcaron los pezones, la besaron en el coño, le lamieron el culo, le dieron azotes en las nalgas.

El primero en penetrarla fue Ignacio. No le costó demasiado, pues Teresa tenía el coño muy húmedo. La folló salvajemente, con unas metidas y sacadas brutales. Se corrió en su barriga porque ella les advirtió que no había tomado pastillas. Luego fue el turno de Luis. Le dio la vuelta, le lubricó el ano y le introdujo por allí su larga polla. Ella se quejó del dolor ante la violenta penetración. Que además fue doble porque Juan, el tercero, con habilidad y fuerza, se acopló a la pareja y le metió el enorme pollón que lucía por el coño. El daño que sentía era intenso, con los dos miembros entrando y saliendo por sus agujeros, pero como le acariciaron el clítoris al mismo tiempo, se corrió Teresa como una loca cuando ellos descargaron a la vez en sus entrañas. Quedó rebosante de semen.

Después, los chicos sacaron sus pollas de Teresa y los cuatro quedaron tirados en la arena. Ella, desnuda y abierta de piernas, despeinada, se mostraba como un auténtico festín sexual. Dolorida, pero excitada, necesitaba volver a correrse y comenzó a tocarse el coño. En esa labor estaba cuando Ignacio, tumbado a su lado, se dio cuenta de lo que hacía. “Oye, tía, no te corras sola”, deja que te ayude, le indicó. Raudo, la abrazó y la besó en la boca. “Toma mi polla y levántala”, le dijo al oído. Ella le obedeció y la polla creció enseguida. Abrazados no se dieron cuenta de que Luis se situaba detrás de Teresa para restregarse en ella. Aprisionada entre los dos chicos, notando sus pollas de nuevo erectas paseando por su cuerpo, se sintió a gusto. Uno y otro le metían dedos en el ano y la vagina. Ella no sabía quien lo hacía en cada sitio. Porque estaba enloqueciendo de gusto. Por eso, cuando notó como un dedo le frotaba enérgicamente el clítoris, le vino un orgasmo tremendo y se corrió como una perra en celo.

Al hacerlo se desprendió del abrazo y los chicos quedaron tumbados uno a cada lado de Teresa. Sin que le dijeran nada, esta vez fue ella quien tomó la iniciativa. Les cogió las pollas y las agitó a la vez, mirando como Juan estaba de pie masturbándose con el espectáculo. “Ven aquí, Juan”, le dijo. El chico se acercó, puso su polla al alcance de la boca de Teresa y ella comenzó a chupársela. “¡Cómo crece!”, le comentó al notar como aumentaba de tamaño en su garganta.

Siguió chupándola y meneando las otras dos con la mano. No tardó Juan en descargar con las hábiles maniobras de la lengua y labios de Teresa en su polla. Se corrió en su boca sin avisarle. “¡Marrano, eso no quería!”, protestó ella, luciendo semen en la comisura de los labios. Los otros dos se rieron y le indicaron que se la iban a meter otra vez. La abrieron de piernas y Luis la penetró por el coño hasta los huevos, con una fuerza enorme. “¡Me vas a partir, no seas bruto, hazlo más suave!”, se quejó Teresa.

Ignacio le tapó la boca con la polla, metiéndosela allí. Ella empezó a mamársela y antes de que pudiera impedir que se corriera dentro, Ignacio le echó todo el semen en la garganta, teniendo ella que tragar parte del mismo, por la cantidad que salió. “¡Sois unos cerdos!”, exclamó aparentemente enfadada, con los labios llenos de semen. Luis, para no airarla más, la sacó del coño, se la puso entre las tetas y le pidió una cubanita. Ella no vaciló en hacérsela y le masturbó apretando la polla entre sus pechos. El chico se corrió pronto y su abundante descarga le llegó hasta la barbilla. Con muchos restos de semen encima de ella, les reprendió mirándoles fijamente: “sois unos guarros, os habéis pasado”. “Y tú eres un bombón sexual. Nunca te olvidaremos”, le respondió Luis.

“Me estoy haciendo pipi”, dijo entonces ella. Se levantó y se alejó unos metros para orinar. Pero ellos la siguieron. “Dejadme sola, si me miráis no me sale”, les explicó. “Vale”, le respondieron haciendo como que se iban. Pero cuando comenzó a mear, se acercaron de nuevo y Juan puso una mano delante de su raja para recibir en ella el pipi que salía con fuerza. “Cerdos, sois unos cerdos”, les decía Teresa, agachando la cabeza, como avergonzada, hasta que terminó su larga meada. Después, Juan se chupó la mano, bañada de pipi de la chica. Ignacio le dijo entonces a Teresa que ahora querían mear ellos encima de ella. Les dijo que no, pero al querer escapar tropezó y antes de que pudiera levantarse la habían sujetado y los tres la mearon con tres imponentes chorros, llenándola de pipi de la cara a los pies. Teresa se sintió humillada, casi se puso a llorar.

Ellos, para compensarla, se agacharon a su lado y le dijeron que iban a masturbarla. Uno comenzó a frotarle el clítoris, otro a introducirle dos dedos en el culo y el tercero a masajearle las tetas y los pezones. Como un equipo bien entrenado la llevaron en pocos minutos a gozar de un tremendo orgasmo. Satisfecha, les perdonó, les dio un beso en la boca a cada uno y les propuso bañarse en el mar para lavarse bien. Así lo hicieron, y se metieron en el agua. Allí les tuvo que hacer una paja a los tres, se corrió otra vez con el frenético sobe que le dieron y luego, ya bien lavados y calmados, salieron a la arena.

Con unas toallas que llevaban en el coche se secaron. Luego, los cuatro se vistieron y la llevaron a su apartamento. Aunque eso sí, se quedaron sus humedecidas y olorosas braguitas de recuerdo. Teresa les hizo prometer que no contarían nada a nadie. Y ellos se lo prometieron. A su amiga, que se despertó cuando la oyó entrar en el apartamento, le dijo que se lo había pasado muy bien en la verbena. Y se acostó tras ponerse crema en sus intimidades, pues le escocían después de la bárbara orgía vivida.

Autor: HIGINIO H

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Publicado el 14-7-2009 por Achorro