Estoy solita y necesito a un tio ahora. ¿Vienes?

La despedida de soltera


Era el último día que pasaría de vacaciones en la costa. Decidí acercarme hasta Santander para realizar las compras de última hora. Pasé por diferentes calles y decidí dejar el coche cerca del Palacio de La Magdalena. Desde allí me desplazaría en autobús.

Miraba por la ventana contemplando la gente y su devenir, cuando una fachada me llamó la atención. Sí ese era el restaurante. Mi pensamiento retrocedió años atrás, cuando casi de recién casada, recibí la invitación de bodas de mi amiga Carolina….

Cuando mi amiga Carolina me envió la invitación de boda, no creí que se hubiesen puesto en marcha una serie de acontecimientos que tardaré en olvidar., o mejor dicho, que no he olvidado. Las dos habíamos hablado muchas veces de nuestras despedidas de solteras, y esta prometía ser sonada. Se iba a encargar de organizarlo todo Ana. Yo por motivos de trabajo no pude estar al tanto de los preparativos. El grupo de amigas lo entendió, y me dijeron que no me preocupase de nada, que llegado el día ya me explicarían.

Y el día llegó. Un fin de semana de Agosto, era la fecha señalada. Aún faltaban quince días para la boda. Me dijeron que llevase ropa para dos días y bañadores. Me despedí de Chema y me dirigí al bar donde habíamos que dado.

- Pórtate bien estos días. Me dijo tras un beso de despedida.

Poco a poco fueron llegando las chicas. La algarabía se había apoderado del local. Aunque pregunté que es lo que se tenía planeado, no me dijeron nada, pues solo Ana sabía cual era el plan. Por fin llegó la novia, y tras brindar por nosotras, Ana nos dijo que ya podíamos salir a la calle, que el microbús nos estaba esperando. Nuevos gritos de alegría, y Carolina y yo que nos quedamos mirando divertidas.

Subimos al microbús las diez amigas. El conductor era un chico joven, agraciado físicamente, y con mucha labia. Se llamaba David. Cuando llevábamos más de media hora de viaje, nos comunicó Ana que el destino era Santander, donde pasaríamos el fin de semana. David gastaba bromas continuamente, y cuando comenzamos a contar chistes, todas nos desternillamos de risa. Puso música discotequera, y tres se decidieron a salir al pasillo a bailar. David no perdía detalle de los que sucedía. Tampoco perdía detalle de los escotes que muchas de nosotros lucíamos. Las tres que bailaban se dieron cuenta de las miradas de David, y se dedicaron a provocarle, contoneándose cerca de él, e incluso a realizar movimientos lésbicos entre ellas, –dos de ellas lo eran- provocando que los ojos de David se pusieran como platos. Todas reíamos divertidas, y David no se cortaba en los comentarios. Yo les dije a las chicas que no distrajesen al conductor, pero David respondió que lo único que estaba prohibido era hablar con el conductor, nada más. El “nada más” lo dijo dirigiéndose a todas con intenciones del todo claras.

Lo que suele suceder cuando nos juntamos un grupo de mujeres, es que nos entren a todas ganas de orinar a la vez. Paramos en un restaurante de carretera, y decidimos bajar todas y así estirar las piernas y tomar algo.

El restaurante estaba muy concurrido, y tuvimos que esperar para que nos atendieran. Salí fuera un momento para llamar a Chema y decirle a donde nos dirigíamos. Hablando, me fui acercando al microbús sin querer. Cuando terminé la llamada, estaba pegada a este. Iba a volver al restaurante, cuando me pareció oír ruidos dentro. Pensé en un primer momento que alguien podía haber entrado y estaría robando. Despacio me subí a la parte trasera y me asomé un poco. En el suelo estaban David y Blanca, haciendo un perfecto sesenta y nueve.

Me dispuse a bajarme con el mismo sigilo, pero no pude apartar la vista de aquellos dos cuerpos.

Los jadeos se podían escuchar con total perfección, a pesar de que era evidente que intentaban disimularlos. David solo tenia puesta la camiseta, y podía ver su pene en toda su amplitud. No era muy grande, pero si que se le veía muy duro. Las piernas eran más bien delgadas, al igual que el resto de su cuerpo. Aunque era atractivo, era el tipo de hombre que no me atraía para nada. Blanca sobre él estaba totalmente desnuda, cosa que no es muy difícil porque no suele utilizar ropa interior. No podía ver su sexo, pero su cara reflejaba que la estaban haciendo un buen trabajo.

Podía ver a Blanca jugar con su lengua en el glande, y como descendía a lo largo del pene moviéndola frenéticamente. Se metía un testículo en la boca, para después pasar al otro. En un momento dado, Blanca se incorporó agarrándose los pechos. Por suerte tenía los ojos cerrados y no me pudo ver. Ahora podía apreciar el trabajo que le estaba realizando David. Comenzó a mover las caderas, agarrándose a los dos asientos que la flanqueaban. David con su lengua recorría cada rincón de la vagina de Blanca. Mordisqueaba el clítoris y lo sacaba fuera de su capuchón. Blanca se retorcía de placer y su cabeza no conseguía estarse quieta, dando continuos movimientos en un intento quizás de difuminar los gemidos que salían de su garganta. Cuando comenzó su orgasmo giró su cabeza para morder el asiento, y así anular los gritos que comenzó a dar. David agarró sus caderas para que estas no se escapasen de su lengua. Terminó su orgasmo lanzando su cabeza hacia atrás y parándose en seco como si se hubiese quedado atascada. Se pasó la lengua por sus resecos labios y acarició sus pechos. David siguió recogiendo los líquidos que el orgasmo había producido.

Cambió de posición y se colocó a un lado de David. Se puso de rodillas y se fue directa a chupar el miembro erecto, a la vez que le masturbaba con las manos. No pasaron treinta segundos cuando David estallo en un ruidoso orgasmo, a la vez que su semen salía disparado a la boca de Blanca, que no dejó que se desperdiciase ni una sola gota. Por lo que pude ver se lo tragó todo, recogiendo los restos en sus labios con un dedo, para después volverlo a introducir en su boca con una mueca de sexualidad. Se dieron un beso y lentamente procedieron a vestirse, momento que aproveché yo para bajarme e introducirme en el restaurante.

Pasados uno minutos entraron David y Blanca por separado, como si no hubiese pasado nada. Al parecer nadie les había echado en falta, tal vez por las idas y venidas a los aseos, o eso me parecía a mí.

Al poco tiempo partimos hacia Santander, que nos recibió con la luz clara de siempre. El hotel estaba cercano a la playa. Nos despedimos de David en la puerta del hotel. Me pareció que Blanca tenía un guiño de complicidad con él. Subimos todas a la habitación para darnos una ducha y arreglarnos. Daríamos un paseo hasta que llegara la hora de la cena.

Mientras deshacía la maleta, Carolina entró en el baño para depilarse porque no le había dado tiempo en casa. Oía el sonido del agua desde donde yo estaba. Fui a entrar al baño y me encontré a Carolina depilándose el sexo.

- Disculpa. -Dije mientras daba media vuelta dispuesta a salir.

- No te preocupes, puedes quedarte.

Mientras me aplicaba una crema en la cara, seguí viendo en el espejo como desaparecía todo el vello de Carolina. Esta se dio cuenta de que miraba de reojo.

- ¿No te lo depilas tú?

- No por completo.

- Déjame verlo.

Me quedé mirando, pensando si estaría hablando en serio.

- No te preocupes, no soy lesbiana. Solo quiero ver como lo tienes arreglado.

Me fui desnudando lentamente. No era la primera vez que nos habíamos cambiado juntas, pero de eso ya hacía algún tiempo. Cuando me quité el tanga

- Acércate que te vea.

Me acerqué hasta el borde de la bañera. Pude apreciar de cerca la vagina totalmente depilada. Era la primera vez que veía una con ese aspecto. Alargó la mano hasta tocar mi bello.

- Lo tienes muy bien arreglado. Date la vuelta.

Así lo hice, entre divertida y nerviosa.

- Inclínate hacia delante.

Me incliné, mientras Carolina me separaba las nalgas con las manos.

- ¿Por qué no te depilas la parte del ano? Te quedaría precioso.

- No me lo he depilado nunca. Además me da miedo cortarme.

- Te lo voy a arreglar yo

- Espera, no…

Para cuando quise incorporarme, ya me estaba dando jabón en la zona del ano. Iba a levantarme, pero decidí seguir; tenía curiosidad por ver como quedaba.

Me extendió el jabón, y después noté la cuchilla rasurando el vello. Pasaba de vez en cuando la mano, para comprobar la efectividad del rasurado. Era una sensación extraña, a la vez que placentera. Cuando terminó, me dijo que me metiera en la bañera para aclararme. Sentí el chorro de la cebolla en mi ano y en mi vagina. Diría que hacía ese movimiento con intención de darme placer. Era una sensación muy agradable, pero cuando estaba comenzando a disfrutar cerró el agua y procedió a secarme. Al terminar, volvió a pasar la mano.

- Te ha quedado precioso.

Me incorporé y noté una sensación de frescor. Pasé la mano por mi ano varias veces.

- Me gusta la sensación. ¿Tú te lo depilas siempre?

- Le encanta a Carlos. Además cuando te acostumbras, disfrutas mucho más del sexo. Toca, verás que suave.

Alargué la mano temblorosa, y la pasé por sus labios vaginales. Carolina cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Me sujetó la mano para que no la retirase. No dejaba de mirar aquella vulva que yo masajeaba suavemente. Era la primera vez, y una sensación extraña recorría mi cuerpo. No quise seguir. Carolina abrió los ojos y sonriendo me dijo que era su primera vez. Yo le dije que también era mi primera vez, y que aunque la sensación no me había desagradado, no era mi opción sexual. Nos echamos a reír.

- Pero si que nos podemos duchar juntas.

Nos enjabonamos la una a la otra. Cada pasada era una verdadera caricia. Le dije que se apoyase en la pared. Ni siquiera preguntó para qué, obedeciendo dócilmente. Procedí a extenderla el jabón por la espalda, y mis manos comenzaron a darle un masaje que la relajase de las tensiones de la boda y del viaje. Recorrí toda su espalda, incluyendo las nalgas.

- ¡Que gozada! Tienes unas manos increíbles.

Seguí con el masaje, descendiendo por sus largas piernas. Pensé que Carlos se iba a llevar un verdadero bombón. Ascendí de nuevo por su espalda, notando como los músculos se relajaban bajo la presión de mis manos. En un rápido movimiento, me cogió las manos y me las llevó hasta sus pechos. Fue una sensación como de recibir una descarga eléctrica.

- También esto lo tengo tenso.

No me soltó hasta que no se aseguró que yo no quitaría las manos. Procedí a enjabonar los pechos, dando pequeños círculos. Aquello estaba llegando demasiado lejos, y no me sentía nada cómoda, pero vi a Carolina con los ojos cerrados y decidí aguantar un poco más. Se dio la vuelta para que la enjabonase por delante. Definitivamente estaba lanzada a hacer el amor conmigo. No quería parecer una mojigata pero tampoco estaba dispuesta a hacer algo que no me apetecía. Cuando enjaboné su vientre, y me cogió una mano para enjabonar su sexo, dejé caer la esponja y cogí la ducha para proceder a aclararla. Carolina se quedó mirándome, pero no dijo nada. Después de unos instantes, cogió la ducha y se terminó de aclarar, mientras yo me enjabonaba. Cuando terminó cogió la esponja de mis manos y se puso a enjabonarme la espada. No hizo ningún movimiento que pudiera incordiarme. Terminó de enjabonarme, y me aclaró el jabón. Salimos de la bañera y nos secamos cada una. El silencio era espeso, pero ninguna decía una palabra. Sentí que igual había sido un poco brusca, pero la verdad es que no me apetecía hacerlo con ella, bueno con nadie, fuese hombre o mujer. Salimos a la habitación, y fue Carolina quien rompió el silencio.

- Siento haberme comportado de esa forma. Te repito que no soy lesbiana, pero la verdad es que me he excitado al estar contigo. He pensado alguna vez tener una experiencia con una mujer, ha sido una de mis fantasías, y por unos momentos he deseado hacerla realidad contigo.

- Yo siento haber sido tan seca, pero ya te he dicho que no quiero ese tipo de relaciones, aunque también he de decirte que no me ha dado asco, como yo pensé que sentiría.

- Bien creo que está el tema aclarado, y reitero mis disculpas. Ahora vamos a ponernos guapas para poner la ciudad patas arriba.

Comenzamos a vestirnos con la ropa que habíamos llevado para la ocasión. Cuando Carolina acabó de “vestirse”, casi me caigo de culo. Yo llevaba una ropa sexy, pero es que ella…

Trataré de describirla. En la cabeza se había colocado una gorra negra de charol. Una blusa rosa anudada, apenas podía esconder un diminuto sujetador negro, que dejaba ver buena parte de sus pechos. La minifalda rosa, muy corta, estaba rematada con un abalorio negro alrededor de su cintura. Se había colocado un pircin en el ombligo. En los pies calzaba unas sandalias abiertas con un enorme tacón. Con esa vestimenta, se tendría que quitar los tíos de encima.

- Es lo que quiero, no conozco más que la de Carlos, y esta noche va a ser mía.

- Pero siempre pensé que habías estado con más chicos! Eras la más lanzada de la pandilla.

- Sí, pero a la hora de la verdad me cortaba.

En la recepción del hotel, ya estaban todas esperando. Parecía que habíamos hecho una apuesta para ver quien vestiría más cañera. Los empleados del hotel y algunos clientes que deambulaban por allí, no dejaban de mirarnos, como esperando que de un momento a otro pudieran ver un poco más allá de lo que la tela dejaba entrever. Salimos juntas y nos fuimos a la playa a pasear por el paseo marítimo. Ni que decir tiene que Carolina era la sensación del paseo marítimo. La tarde se pasó rápida entre bromas y risas. Para llegar al restaurante, cogimos un autobús. La verdad es que Ana había realizado bien el trabajo, no dejando ningún detalle al azar. Prácticamente nos íbamos enterando todas de lo que íbamos a hacer, momentos antes de hacerlo. Esta situación estaba divirtiendo de lo lindo a Ana.

De donde nos dejó el autobús hasta el restaurante, casi no tuvimos que andar. Al entrar nos recibió un portero engalanado como en las películas. Ana le entregó unos papeles que resultaron ser las reservas hechas con anterioridad. Pasamos al restaurante, que tenía unas dimensiones considerables. Había bastante gente cenando. Nos colocaron en una mesa redonda cercana a un escenario. Al parecer daban actuaciones algunos días de la semana.

Durante la cena bebimos gran cantidad de vino, y poco a poso se fueron soltando las lenguas acabando en el tema del sexo. Cada una contaba alguna historieta de lo que le había ocurrido con antiguos novios. Cuando más nos reíamos, era cuando alguno de aquellos novios era conocido por la mayoría; e incluso había alguno que fue compartido por varias de nosotras. Desde luego exagerábamos las historias en esos casos, para intentar dejar a las demás atrás.

Llegó el momento de los postres, y dos apuestos jóvenes trajeron una gran tarta con motivos eróticos. La verdad es que nadie se percató de los detalles hasta que los dos jóvenes, tras dar un buen morreo a Carolina, se fueron. Eran jóvenes, guapos y musculosos. Todas nos quedamos con las bocas abiertas. Sí, tal y como suena. Juraría que tardamos varios minutos en reaccionar. Vaya par de tíos. Cuando nos repusimos, nos dedicamos a gastar bromas sobre los detalles de la tarta, y de los dos morreos que le habían dado a Carolina. Todas estuvimos de acuerdo en que no nos importaría cambiarnos por ella en esos momentos. También tuvimos palabras de elogio hacia Ana, que no había que olvidar que era la artífice de todo aquello.

Repartimos la tarta, discutiendo entre risas sobre cual de los trozos queríamos que nos sirviesen. Algunos de los motivos fueron devorados en plan erótico, siendo causa de risas no solo entre nosotras, sino de los comensales que teníamos alrededor y que se estaban divirtiendo con nuestras ocurrencias.

Con algunos de ellos entablábamos conversación, haciéndoles partícipes de nuestras bromas. En estas estábamos, cuando las luces bajaron de intensidad, iluminándose el escenario. Ana rió divertida.

- Ahora veréis.

Las luces del escenario fueron variando de color mientras una sensual música salía de los altavoces. Ante nuestra sorpresa cinco increíbles muchachos salieron al escenario moviéndose al ritmo de la música. Vaya cinco ejemplares. Estaban tocados con sombrero negro, gafas oscuras, camisa blanca y pantalón de pinzas negro. Las mujeres del recinto emitieron, o mejor cabría decir emitimos un rugido de satisfacción. Por unos momentos me recordó al circo romano cuando salían los gladiadores a la arena. Dos de los componentes del espectáculo, eran los que nos habían servido la tarta. El vino y el cava que habíamos bebido, nos hacían sentirnos desinhibidas, poniéndonos de pié y lanzando todo tipo de piropos a los chicos. Alguna mujer entre el público, lanzó un sujetador al escenario.

Los cinco chicos eran realmente atractivos, pero hubo uno que enseguida me llamó la atención. No era excesivamente musculoso, aunque sí que estaba muy bien definido. Eran los brazos en los que una podía quedarse a dormir y sentirse protegida. Sus glúteos se adivinaban firmes y redondos. Pero lo que más me llamó su atención, fueron sus ojos al quitarse las gafas. Unos ojos que hacían a su rostro unos rasgos orientales que tanto me gustan. Todas seguíamos los contoneos de estos chicos, pero mi mirada estaba en exclusiva con este joven. El se debió de dar cuenta, porque en un giro del baile y aprovechando la cercanía de la mesa, me tiró su camisa a la vez que un guiño salía de su cara. Las demás comenzaron a decir que vaya suerte la mía, y todas pedían algo para ellas.

En otra mesa situada cerca del escenario, otras chicas celebraban otra despedida de soltera, y también recibían las atenciones de alguno de los bailarines, lo que me hizo suponer que todo era parte del espectáculo. Ya sé que es una tontería, pero me sentí algo decepcionada.

Los chicos seguían con sus evoluciones, y cada vez era menos la ropa que tenían encima. Al final se quedaron con unos bóxeres ajustados, que dejaban entrever unos buenos atributos. El espectáculo terminó con los chicos arrodillados en el suelo y la luz casi tenue, dejando el escenario en semipenumbra. Y aquí comenzó un enorme follón, con las mujeres pidiendo que se quitasen los bóxeres. Yo miraba divertida la escena, deseando que las peticiones hiciesen su efecto.

Los chicos se miraban entre sí, y se reían divertidos. Dejaron que las mujeres realmente enloqueciesen. A una señal casi imperceptible de uno de los chicos, una nueva música comenzó a sonar. Las mujeres fueron bajando sus protestas y procedieron a seguir la música con sus cuerpos. Los chicos comenzaron a contonearse y tras unos minutos con diferentes poses, los bóxer salieron por los aires. Algunas mujeres se lanzaron a la caza de tan preciado tesoro. Uno de ellos cayó en las manos de Carolina, y otro en la mesa de la otra despedida. Los otros tres fueron recogidos por varias mujeres que habían ido hacia el escenario.

Estas se quedaron cerca de este. Los chicos en lugar de retirarse hacia la trasera del escenario, descendieron y pasaron por donde las mujeres que habían cogido sus bóxer. Entonces entendí el juego. Los chicos pedían su prenda, pagando la misma con un beso apasionado. Cuando se dirigieron hacia Carolina, esta no quiso entregarlo. La verdad es que estaba un “pelín” bebida, y les estaba vacilando que era un primor. Estos no se cortaban, y sus manos no se estaban quietas, dándome la sensación que Carolina estaba disfrutando de lo lindo. Al final algo dijo al dueño del bóxer, y Carolina se quedó con la prenda. Los chicos se fueron despidieron de todas nosotras deseándonos que nos lo pasásemos bien. Cuando se fue a despedir de mí, el chico que me había llamado la atención, me dijo:

- Me hubiese gustado que el mío lo hubieses cogido tú. Me llamo Cenit, ¿y tú?

- Yoli.

Me dio un tierno beso en los labios, a la vez que cogía suavemente mi mano. Al acercarse, su pene rozó levemente mi pierna, produciéndose una corriente eléctrica que recorrió mi cuerpo. Como una tonta miré hacia abajo, sonrojándome al darme cuenta.

- Perdona.

- Me ha gustado como me mirabas. -Respondió.

Y se marcharon, quedándonos con los cuerpos palpitantes.

El cava siguió corriendo en la mesa, aunque yo casi ya no lo probaba. Seguíamos con las bromas, y nuestras risas se mezclaban con las de otros comensales. Los chicos de la actuación fueron el blanco de todas nuestras bromas, sobre todo sobre los atributos que tan cerca habíamos tenido. No se me iba del pensamiento el cuerpo de Cenit. Pensé que era un nombre un poco raro, aunque también podía ser un apodo.

Carolina se levantó diciendo que iba al baño. Algunos clientes del restaurante se acercaron a nosotras bromeando y tratando de ligarnos. La verdad es que era una sensación agradable el saber que todavía éramos deseables. No queríamos ningún plan, y solo nos dedicábamos a reírnos y tomar algo con ellos. Enseguida se daban cuenta que nuestra diversión iba a ser sin hombres.

Como Carolina tardaba, me dirigí al baño por si se había mareado. En el camino varios hombres me dijeron todo tipo de piropos. Estaba claro que el ambiente se había caldeado con el espectáculo, y en especial con las reacciones nuestras. Entré en el baño, pero no vi a Carolina por ningún lado. Salí fuera otra vez pensando que ya hubiera salido y yo no la habría visto. Miré hacia la mesa donde estábamos sentadas, pero no se distinguía bien. Pasó una camarera junto a mí y al ver que estaba buscando a alguien, preguntó

- ¿Buscas a tu amiga?

- Sí, ¿la has visto?

Miró hacia lo lados para cerciorarse de que nadie la veía.

- ¡Sígueme!

Me llevó a través de una puerta cercana, que nos dejó en una especie de almacén. Puso el dedo en sus labios, pidiendo silencio. Nos subimos en unas cajas y a través de unas cristaleras, se veía un local que hacía las veces de oficina eso sí, de lujo. Miré en la dirección en que estaba mirando la camarera, y ¡allí estaba Carolina con dos de los chicos del espectáculo! La escena me pareció de una auténtica película porno.

Estaba de pié entre los jóvenes con un pecho fuera del sostén. Los dos chicos tenían los penes fuera de los pantalones y mientras uno chupaba el pecho libre de Carolina, el otro metía su mano por la corta minifalda. Carolina se pasaba la lengua por la boca y su mirada iba de uno a otro de los jóvenes como retándoles a que comenzaran a darla placer. Seguía masturbando aquellos penes ajena a las dos espectadoras que se habían incorporado al espectáculo. Se incorporó hacia delante para lamer el pene de uno de ellos. El otro no perdía el tiempo y procedió a quitar el diminuto tanga. Comenzó a amasar los glúteos de Carolina y a meter su lengua en la ya húmeda “cueva”. Así estuvieron un rato, hasta que Carolina se incorporó y se sentó en uno de los sofás, eso sí, sin soltar los penes de sus amantes. Entonces me vino a la cabeza la idea de poder hacer unas fotos con la cámara que tenía colgada en la cintura. Al cogerla, me volví hacia la camarera y vi que se estaba masturbando por debajo de la minifalda del uniforme. La miré unos instantes, y pude verla con los ojos entrecerrados moviendo sus caderas al ritmo que el placer se lo pedía. La situación era de lo más caliente. Abrió los ojos y dirigió de nuevo la mirada hacia los tres amantes. Sus movimientos iban en aumento y temí que de seguir así, se podría caer de las cajas en las que estaba subida.

Volví a mirar hacia donde estaba Carolina. Los jadeos de los tres llegaban nítidamente hasta nuestros oídos. Chupaba los penes por turnos, y alguna vez intentaba que fuesen los dos a la vez obviamente sin conseguirlo debido al tamaño de los dos penes. Les miraba con ojos de gata en celo. Los dos jóvenes se miraban de vez en cuando, y se hacían señas de lo bien que lo estaban pasando. Se separaron de Carolina y después de levantarla del sofá uno de ellos se sentó. Carolina se subió la minifalda hasta la cintura y se sentó en cima, siendo penetrada por un pene erecto que la esperaba ansiosa. Carolina emitió un fuerte gemido cuando se sintió totalmente empalada.

La camarera no aguantó más el espectáculo y tuvo un orgasmo. Miré hacia ella y pude verla apoyada en la pared, mientras otra mano se movía frenética bajo su falda. Cuando terminó, apoyó su cabeza contra la pared hasta que su respiración se normalizó. Me miró, y se dio cuenta de que no había perdido detalle. Antes de que pudiera decirla algo, aunque no se me ocurría qué, ella me sonrió y me dijo que el que se la estaba metiendo a mi amiga era su novio y que la ponía muy caliente ver como se tiraba a otras, lo mismo que él se ponía cuando la veía a ella estar con otros tíos.

- Que te lo pases bien.- Y bajándose de las cajas salió por la puerta dejándome a solas con el espectáculo.

Carolina seguía siendo penetrada mientras este le chupaba los pechos, mordisqueando los pezones erectos y duros. El otro chico se puso de pié en el sofá, y puso su pene cerca de la boca de Carolina para que esta lo lamiese, cosa que hizo con verdadera devoción. Parecía increíble que pocas horas antes me hubiese confesado que solo había estado con un chico. Podía ver claramente el pene del chico entrar y salir de la vagina de mi amiga. Dos manos amasaban los glúteos de esta, y alguna vez un dedo acariciaba levemente el ano. La camisa de Carolina cayó al suelo, y los dos pechos se liberaron de la atadura del sostén. Carolina se levantó y cambió de postura, dándole la espalda a su amante. Se volvió a introducir el pene en su vagina, y a lamer el del que se mantenía de pié junto a ellos. Levantaba las piernas para que la vagina quedase más expuesta a las caricias de las manos del novio de la camarera. Así también podía ver a la perfección como se dilataba la vagina de Carolina por efecto del pene que la penetraba sin descanso. Este muchacho la recostó en el sofá para tener las dos manos libres, y así poder acariciar los pechos y el clítoris de Carolina. El que estaba de pié, estaba “follándose” literalmente la boca de mi amiga. No sé como no tenía arcada alguna, porque prácticamente desaparecía en su boca. Carolina se sacó el pene de la boca, porque otro orgasmo golpeaba su cuerpo. Esta vez los gritos no los podían contener los cristales, y llegaban a mí con toda nitidez. No la dejaron descansar ni un instante. Los dos muchachos se relevaron, y tendiendo a Carolina de espaldas en el reposamanos del sofá, procedieron a penetrarla de nuevo, en una postura más bien acrobática. Puso las piernas sobre los hombros del que la estaba penetrando, y así recibió todo el pene en su largura. Se agarró con las dos manos a los glúteos del que estaba junto a su cabeza, y procedió a tragarse todo el miembro, recogiendo los jugos que ella había desprendido en su orgasmo. El que la estaba penetrando le sacó el pene y se agachó a lamer el orificio del ano. Primero por fuera, y después fue introduciendo la lengua. Carolina dejaba escapar suspiros de placer. La voltearon con cierta rudeza, y la apoyaron con el vientre sobre el reposamanos, quedando así su trasero ofrecido. Carolina entonces reaccionó y dijo que era virgen de ese orificio, y que no quería hacerlo. Los jóvenes la tranquilizaban diciéndola que lo harían con cuidado. Ella seguía sin querer, pero los dos jóvenes la verdad es que estaban muy excitados.

El que estaba tras ella se echó encima, e intentó penetrarla. Carolina dio un grito de dolor. La cosa podía ponerse peligrosa. Menos mal que los jóvenes desistieron del empeño. Sentaron a Carolina en el sofá, y se pusieron a cada lado de esta. Carolina agarró ambos miembros con las manos y los fue masturbando, a la vez que alternaba lamidas. Los dos jóvenes no resistieron mucho y se corrieron abundantemente en la cara y en el pecho de Carolina, y mientras la salpicaban con su caliente semen, ella se acarició hasta experimentar un nuevo orgasmo, que la recorrió de los pies a la cabeza como una descarga eléctrica. Fue entonces cuando Carolina se percató de mi presencia, pero no hizo ningún gesto que me delatase. Los chicos dejaron un poco de lado a mi amiga, y se fueron vistiendo haciendo algún comentario jocoso sobre lo estrecho de su culo y otras “lindezas”. Salieron del local tras dar un beso a Carolina. Fue el tiempo justo para esconderme detrás de unas cajas. Por suerte no me vieron. Entré en la oficina. Carolina aún no había comenzado a vestirse. Estaba totalmente agotada, pero muy satisfecha según me comentó.

- ¿Desde cuando estaba hay?

- Casi desde el principio.

- ¿Te ha gustado?

Por unos instantes dudé.

- Me he excitado muchísimo.

- Ha sido un polvo extraordinario. No se lo comentes a nadie.

- Descuida. ¿Te vistes?

Se incorporó y utilizó los pañuelos para limpiarse el semen de su cuerpo.

- Eran buenos amantes pero unos cerdos. Bueno, creo que todos nos hemos utilizado.

Al percatarse de que la estaba mirando y adivinando mis pensamientos, siguió hablando.

- Cuando vinieron a recuperar la prenda, les dije al oído que me gustaría dársela en privado. No pensé que aceptarían pero… aquí estoy.

- Me preocupó el cariz que estaba tomando todo esto al final.

- Bueno, se han comportado egoístamente, pero creo que todos nos hemos utilizado. Mi ano va a tardar en recuperarse de esto. De todas formas hay que reconocer que tienen buenas “herramientas” los chicos estos.

- Ya lo creo,- asentí recordando el cuerpo de Cenit.

Después de vestirse, la acompañé al baño para que se acicalase un poco. Me daba la sensación que estaba más borracha de lo que parecía. Cuando llegamos donde las chicas, estas estaban bailando animadamente con algunos de los clientes, así que no nos habían echado de menos. Mejor, así no teníamos que responder a preguntas indeseables. Nosotras nos sentamos para que Carolina descansase. Me dijo que las únicas relaciones sexuales que había tenido, eran con su actual novio, y quería antes de casarse probar otro pene diferente. No se quejaba de su novio como amante, además según me confesó, le gustó más cualquier revolcón con el, que esos dos niñatos que no tenían delicadeza alguna, pero no se arrepentía de haber probado otra polla.

Nos echamos a reír, y brindamos por su boda. La noche siguió avanzando entre baile y baile. Carolina se espabiló bastante y ya no necesitaba niñera, bailando muy pegada con un chico muy atractivo. Yo también tuve bastante éxito tanto en los agarrados, como en el baile suelto. Siempre me ha gustado mucho bailar, y he llamado mucho la atención bailando. Ya no es una cosa que practique mucho, porque a mi marido se le da mal y no le gusta hacer el “ridículo” como él dice. Pero más de una vez me ha dicho que se sentía orgulloso de cómo se me arrimaban para bailar, y como mi mirada siempre se dirigía a él.

Ya con la noche muy avanzada, decidimos ir a otro local a seguir la juerga. Para ello preguntamos a unos clientes, el local de moda de la ciudad. Alguna de las chicas iba acompañada de los jóvenes con los que habían estado bailando, entre ellas Carolina.

Cuando llegamos al local que nos aconsejaron, el ambiente era excepcional. Muchas luces, efectos especiales, y en una de las pistas fiesta de la espuma. Nos acercamos a verlo y pudimos comprobar como la ropa de verano se trasparentaba en muchas de las chicas y algunos de los chicos, que estaban dentro de la pista. Nos pusimos a animar a la gente que por allí andaba, pero ninguna de nosotras se atrevió a entrar. Después de unos minutos nos dirigimos a otra de las pistas, donde la gente estaba haciendo corro a algunas gogos, y a algunos bailarines. Para sorpresa nuestra, comprobamos que se trataban de los chicos del espectáculo que estaban animando el cotarro del local. ¡Cómo se movían! Cuando nos vieron nos hicieron señas para que les acompañásemos. Ni que decir tiene que Carolina acaparó la atención de los dos que habían estado con ella, pero ésta pasó de ellos, dando un buen morreo a su acompañante, que ese quedó…

Tres de nosotras sí que nos decidimos a saltar a la pista. Nada más comenzar a bailar Cenit se acercó a mí, y agarrándome por la cintura comenzó a bailar sensualmente. Me llevaba como si flotase. Me abandoné a sus movimientos echándome hacia atrás, y confiando en sus firmes manos que me sujetaban. Eran tantas las ganas de bailar, y lo a gusto que estaba que me olvidé de la gente que miraba y de los que bailaban. En esos momentos sólo estábamos Cenit y yo. Sus manos recorrían suavemente mi cuerpo mientras la música hacía cimbrear nuestros cuerpos. Pasaba sus manos por todos los rincones de mi cuerpo, pero no se detenía en ninguno en especial, como si no buscase el contacto físico. La verdad es que la situación me gustaba. Al cabo de un tiempo de estar bailando, nuestros movimientos estaban acordes, como si hubiésemos estado ensayando durante años. Cuando me quise dar cuenta, estábamos bailando los dos solos, y la gente nos aplaudía y animaba sin parar. Estaba sudando copiosamente, así que le dije de parar unos minutos mientras iba al baño a refrescarme. Me dijo que el baño estaría abarrotado de gente y que tendría que esperar un montón de tiempo. Me invitó a ir a los camerinos donde se cambiaban ellos. No sabía si aceptar, pero cuando le miré a esos ojos rasgados no tuve motivo para temer. Al marchar pasamos junto a Carolina que estaba bailando con su acompañante. Me miró, y sonrió mientras me guiñaba un ojo. La iba a explicar que iba al baño, pero se puso a bailar de nuevo y desistí de darla ninguna explicación.

Cenit me acompañó por unas escaleras hasta los camerinos que utilizaban los animadores y las gogos. Miró que no hubiese nadie y me invitó a pasar. Entré en el baño y cerré la puerta, aunque no había cerrojo. Me quité la camisa y el sujetador, y procedí a refrescarme. Tal y como esperaba, Cenit entró. Cuando me iba a volver para protestar, le vi con una toalla en la mano y la cabeza vuelta.

- Necesitarás una toalla.

Me quedé cortada, sin saber que decir. Era una estampa un tanto surrealista. Aquellas maneras no eran normales en los tiempos actuales. Seguramente tendría todas las chicas que quisiera, y se estaba comportando conmigo como un auténtico caballero. Me vino entonces la imagen de Carolina, siendo poseída por los dos jóvenes y me hizo pensar que se trataba de una treta para poder acostarse conmigo. Al fin y al cabo era un striper, y su pene ya había rozado mi pierna.

- Gracias, le contesté un tanto seca.

- De nada, te espero fuera a que termines.

Salió del baño y me dejó allí pensativa. Terminé de arreglarme y me miré al espejo. En una repisa había todo tipo de maquillajes y pintalabios; aproveché para acicalarme un poco.

- Ya estoy lista.

- Espero que no te sentase mal que entrase.

- No. Te pido yo disculpas por haber sido tan seca al contestar.

- Sé lo que piensas de mí, pero no te dejes engañar por mis actividades, lo hago solo para poder pagar mis estudios. Ya sé que Jaime y Carlos han estado con tu amiga. Se les dan muy bien las mujeres, pero yo no tengo nada que ver con ese tipo de vida.

- ¿Tienes novia?

- No me lo puedo permitir mientras me dedique a esto.

Abrió un frigorífico y me ofreció un refresco.

- Estarás agotado con tanto ajetreo.

- Me gusta lo que hago, pero hay noches que termino para el arrastre. El dueño del local nos insta a que bailemos con las clientas, y estas tienen mucho aguante.

- ¿Por eso has bailado conmigo?

- Me apetecía. Y la verdad es que he disfrutado mucho. Eres una estupenda bailarina. Te podrías dedicar a esto.

- Si ¿¡Y qué más!?

- Te apetece dar o un paseo, o ¿volvemos a la pista?

Me lo pensé unos instantes. Sería divertido dar un paseo con él. No tenía nada de malo. Salimos del local tras haber avisado a Carolina que me iba a dar un paseo. Esta se despidió con “un pórtate bien”. Quedamos en llamarnos cuando regresasen al hotel. Cenit me esperaba en la puerta con su coche. Se trataba de un todo terreno, descapotable.

- Ven, que te voy a enseñar la costa por donde seguro nunca has ido.

Salimos de la ciudad, y pronto nos adentramos en caminos parcelarios y carreteras estrechas y sinuosas. La noche era espléndida, y se podía disfrutar de ella en el vehículo descapotable. No íbamos a excesiva velocidad, más preocupados de charlar que de recorrer kilómetros. El aire recorría mi cara despejando mi cabeza del alcohol ingerido y de los sofocos del baile.

Nuestro paseo terminó sobre un acantilado. Era una vista impresionante, con la oscuridad difuminando el horizonte y la luna llena impregnando nuestros cuerpos de luz.

Bajamos del vehículo y me entretuve en respirar la brisa marina. Mientras Cenit a mi espalda, sacaba una cesta y una manta del maletero. Cuando me volví hacia él, pude ver que había extendido la manta en el suelo y de la cesta había sacado una botella de champán, hielo y unas copas.

- Mientras te esperaba, he preparado esto; espero que te guste.

Le miré a la cara, y pude ver su cara sonriente, esperando como un niño una respuesta afirmativa. Definitivamente estaba hecho de otra pasta.

Me senté en la manta mientras servía una copa de cava. Brindamos por una noche tan maravillosa. Seguimos hablando de sus proyectos, de lo que le gustaría que la vida le deparase, y vi que era un muchacho sencillo, “sin más” pensamiento que ser feliz.

Pasamos un largo rato charlando, y el cava se fue terminando. Pero era previsor, y tenía otra guardada en una nevera. Cuando descorchamos la segunda botella nuestros cuerpos se rozaban continuamente, no sé sí inconscientemente o no. Nos quedamos en silencio mirando el mar, y escuchando la fuerza de las olas golpeando las rocas. Nos miramos a los ojos, y acercando mis labios a los suyos le di un beso. Me separé de su rostro y nos seguimos mirando a los ojos como pidiendo permiso para lo que los dos sabíamos que iba a pasar.

Cogió mi cara entre sus manos y depositó un beso en mis labios. Era un beso lleno de ternura. Esta vez nuestras bocas se abrieron y nuestras lenguas se dedicaron a amarse. Poco a poco nuestros cuerpos se inclinaron en la manta sin dejar de besarnos. Estuvimos así un rato hasta que sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo. Lo recorrió concienzudamente, sin prisas, como queriendo reconocer cada centímetro de este. Me tumbó de espaldas en la manta, y procedió a besarme el cuello, los lóbulos de las orejas, los ojos. Depositaba un suave beso en cada poro de mi cara. Bajó sus labios por mi cuello hasta que el pliegue de la camisa le hizo detenerse. Se incorporó y comenzó a desabrochar los botones, con la misma suavidad y parsimonia que había realizado todos sus movimientos hasta ahora. Separó con mimo los lados de la camisa, y pasó los dedos por el comienzo de mis pechos. Con gran habilidad metió una mano por mi espalda y desabrochó el sujetador, que retiró de mi cuerpo. Empezó entonces a besar mi cuello, y a descender por el canal de mis pechos. Aquí se detuvo y haciendo círculos con la lengua, se dirigió a mis pezones que ya estaban duros como gomas de borrar. Los abarcaba con sus labios succionando y mordisqueándolos suavemente. Siguió besando y acariciando con su lengua descendiendo por mi vientre hasta mi ombligo. Aquí mientras su lengua se entretenía en chuparlo, sus manos se dirigieron hasta mi pantalón para proceder a desabrochar los botones. Uno a uno fueron cediendo, hasta que mi tanga rosa quedó a la vista. Se incorporó un poco, y tras observar por unos momentos mi cuerpo, procedió a quitarme los vaqueros para lo que yo tuve que colaborar, subiendo mi pubis. Cuando estos estuvieron en mis tobillos, Cenit procedió a quitarme las sandalias y así poder sacarme los vaqueros por completo. Quedé delante de él con la camisa abierta, mis pechos al aire, y el tanga mojado por los flujos que emanaban de mi vagina.

Volvió a lamer el ombligo, y fue descendiendo hasta llegar a mi pubis que besó por encima de la tela del tanga.

Separó mis piernas y descendió sus labios por el interior de las mismas, causando un sinfín de sensaciones en mi cuerpo. Descendió hasta mis pies a los que procedió a dar un masaje, mientras que con un hielo que cogió de la nevera, los refrescaba y limpiaba a la vez. El masaje en los pies resultó genial después de tanto baile. Cuando terminó de limpiarlos, y de masajearlos, los cogió con delicadeza y procedió a besarlos. Cada dedo tuvo su tratamiento, y cuando terminó con las plantas, fue subiendo por las piernas hasta deshacer el camino recorrido, terminando en el cuello. Pasó sus manos por detrás de la nuca, y masajeó mis cervicales.

- Date la vuelta. -Ordenó.

Me di la vuelta colocándome a cuatro patas, pero él suavemente corrigió mi postura, haciendo que me tumbase por completo en la manta.

Se colocó de rodillas sobre mí con las piernas a mis costados. Me quitó la camisa que dejó con cuidado en un extremo de la manta. Con sus manos comenzó a rodear mi cuello suavemente, y a descenderlas por mis hombros hasta mis manos, donde entrelazó las suyas. Levantó uno de mis brazos y comenzó a besarlo desde la punta de los dedos, hasta pasar al otro brazo a través de mi espalda. Eran besos suaves rozando la piel, haciendo que sintiese escalofríos en una cálida noche de verano. Sus labios se posaron en mi columna vertebral, y descendiendo llegaba hasta los límites del tanga. Repitió este camino varias veces en un sentido y en otro. Se incorporó un momento, que a mí se me hizo eterno, y se quitó la camiseta. No quería abrir los ojos para no romper la magia de ese momento. Seguidamente procedió a quitarse el pantalón. Ahora podía sentir el contacto de sus piernas en mis costados. Miré de reojo y volví a ver su cuerpo semidesnudo. Parecía diferente a como lo recordaba de la actuación. Siguió besando todos los rincones de mi cuerpo. Esta vez sentía su piel, su respiración, su olor a través de los poros de mi piel. Se tumbó sobre mí y acarició mi pelo suavemente, como eran todos sus movimientos. Sus dedos se enredaban en mi pelo, daba pequeños tirones y volvían a relajar mi piel. Su cuerpo tampoco estaba quieto y serpenteaba sobre mi espalda. Comencé a notar que su pene iba en aumento, y a través de su ropa interior podía sentir como palpitaba y pugnaba por salir. De vez en cuando se incorporaba sobre sus brazos, y hacía unos movimientos circulares sobre mis nalgas.

Cogió un frasco de la cesta, y procedió a aplicar un oloroso aceite sobre mi espalda. Ahora sus manos no encontraban ningún tipo de resistencia para deslizarse sobre mi piel. Pasaba una y otra vez las manos por mi espalda, por mis costados, por mis glúteos, descendiendo por las piernas hasta las puntas de los pies. Se dio aceite en su pecho y procedió a refregarlo por todo mi cuerpo. Sus duros músculos actuaban como manos que recorrían cada centímetro de piel.

Estuvo así un rato hasta que decidí tomar la iniciativa. Ahora era yo la que le dijo de tumbarse boca abajo. Así lo hizo. Le extendí el aceite por la espada y comenzando por el cuello, fui descendiendo hasta el inicio de su bóxer. Con las dos manos fui retirándolo, enrollándolo a medida que mis manos avanzaban hacia sus nalgas. Cuando estuvo enrollado, se lo quité, dejándolo junto a su ropa. Su pene asomaba con cierta timidez, como teniendo vergüenza en mostrarse en todo su esplendor.

Volví a empezar por el cuello, amasando su musculada espalda, descendiendo hasta sus glúteos que amasé con glotonería. Abrí ligeramente sus piernas, para poderlas acariciar por su interior. Las tenía depiladas, al igual que el resto de su cuerpo. No es que me gusten los hombres sin pelo, pero esta era una excepción. Cuando todo su cuerpo brillaba por efecto del aceite, pasé mis pechos por su espalda, frotando mi pubis sobre sus glúteos. Estos eran duros y respingones, como a mí me gustan. Mis pezones endurecidos marcaban cada músculo y mis pechos se amoldaban a cada rincón de la espalda. Se giró de repente haciéndome caer sobre la manta. Me besó en los labios mientras sus manos acariciaban mi cintura, para seguidamente deshacerse del tanga. Se quedó mirando mi arreglado pubis, y mostrando palabras de elogio pasó una mano por el escaso vello que lucía. Se entretuvo durante unos instantes en la contemplación de mi sexo, para después acercar sus labios y proceder a lamer el vello descendiendo hasta mi vagina. Se entretuvo en recorrer los labios vaginales por el exterior para después introducir su lengua en el interior de mi vagina. Era una lengua dura, y larga. La movía con una habilidad que yo no había conocido. Noté como mis abundantes jugos descendían por mis muslos. Movía mis caderas para ayudar a la nerviosa lengua a recorrer los ocultos rincones del deseo. Mis manos jugueteaban con mis pechos, y también con los glúteos de Cenit que se iban acercando hacia mi cara. Desplacé mi cuerpo hasta acercarme al de Cenit, para después meterme en entre sus piernas bajo él. Su pene ya tenía un tamaño más que considerable. Lo cogí con una mano y me lo acerqué a la boca, levantando ligeramente la cabeza. Abrí la boca para meterme el glande. El tamaño seguía en aumento, y ya me veía mal para retenerlo en mi boca. Cenit seguía trabajándome, y el orgasmo le sorprendió amorrado a mi vagina. Recibió todos mis flujos en su boca para después sacar la lengua del interior comenzando a besar mis ingles. Cuando me repuse de mi orgasmo, seguí lamiendo el pene aunque fuese a lengüetazos, debido a su tamaño. No me imaginaba como aquella “herramienta” podría introducirse en mí.

Cenit se debió de dar cuenta de la postura un tanto forzada que yo tenía, y se colocó de espaldas en la manta para que yo pudiera lamerle más cómoda. Me sorprendió que pudiese cogérselo con las dos manos, y aún me sobrase largura. Recorría con mi lengua todo su esplendor, acariciando con una mano sus testículos. Eran grandes, y le colgaban meneándose al ritmo que sus caderas le marcaban. Era evidente que mis caricias le estaban gustando porque su cuerpo no paraba de cimbrearse.

No quería que se corriese así. Me puse a horcajadas sobre él y mirando hacia abajo, su pene me pareció todavía más grande. Se lo cogí con una mano y descendiendo lo coloqué a la entrada de mi encharcado sexo. Seguí descendiendo muy despacio, y el primer contacto hizo que me recorriese un escalofrío por todo el cuerpo. Cenit me cogió con sus dos manos para que el descenso fuese más sublime. Mi vagina comenzó a dilatarse para recibir ese enorme pene. Por un momento me pareció que sería imposible una penetración sin dolor. Seguí descendiendo y el pene comenzó a entrar. Me sentía llena, y a medida que avanzaba en mi interior sentía que mi vagina lo envolvía con una suave y placentera presión. No lo pude introducir por completo. Mi mano aún tenia agarrada la base, y la punta tocaba el fondo de mi interior. No nos movimos durante unos instantes hasta que consideré que mi vagina ya se había amoldado a la nueva dimensión. Cenit comenzó a ascenderme suavemente son sus manos. Yo solté su pene, y me acerqué a él hasta colocar mis manos en su pecho, de este modo tenía una buena base para evitar que pudiera hacerme daño con una penetración profunda. Los movimientos eran lentos, acompasados. Yo estaba con los ojos cerrados concentrándome en las sensaciones que tenía con el movimiento de tan descomunal pene en mi interior. Cuando abrí los ojos, Cenit me miraba con los ojos muy abiertos.

- ¿Qué miras? – Balbuceé con un hilo de voz.

- Quiero recordar este momento cuando todo termine.

- Eso se lo dirás a todas.

- Aunque no me creas, he deseado siempre decirlo, pero me ha parecido tan cursi que hasta hoy no me he atrevido. Eres una mujer tan especial…

- ¡Sssshhh!, calla ahora. Le dije sellando sus labios con los míos.

Seguimos moviéndonos muy despacio. Me gustaba incorporarme y echarme hacia atrás hasta apoyarme en sus piernas. El aprovechaba entonces para acariciarme el clítoris con sus dedos humedecidos previamente. En esta posición era yo la que controlaba los movimientos.

Movía mis caderas al ritmo que las olas me marcaban. Era hermoso dejarse arrullar por el murmullo del agua del mar en su sensual devenir hacia la costa. Me abandoné a mi suerte cuando un sensacional orgasmo sacudió mi pubis, hasta extenderse a la puna de mis cabellos. Era el segundo orgasmo de la noche, y Cenit me daba la impresión de ser un tipo con mucho aguante. La noche estaba resultando ser perfecta, quizás demasiado para ser verdad. Cenit dejó que mi respiración recobrase su ritmo, y abrazándome, procedió a girarse para dejarme sobre la manta. Se incorporó sobre sus brazos, y entonces con la luz de fondo de la luna pude contemplar como su pene se introducía dentro de mí. Me extasiaba ver como era penetrada, con Chema también, pero este pene no tenía nada que ver. Me sorprendió acordarme de mi marido. Era una locura lo que estaba sucediendo esta noche, y sabía que no lo podía achacar solamente al alcohol. Estaba enamorada de Chema, eso estaba claro, pero Cenit me poseería esa noche, sólo esa noche. Me entregaría a disfrutar de ese cuerpo que había pertenecido solamente a mis fantasías eróticas.

Cenit seguía bombeando mi interior, como el pistón de los motores que alguna vez había visto en televisión. Siguió unos minutos en la misma postura mientras aprovechaba para besarme los labios, la cara, el cuello. Para decirme palabras hermosas que nunca había oído decir a Chema, aún sabiendo que lo pensaba. Seguramente Cenit habría tenido muchas amantes, y yo me estaba beneficiando de su experiencia en el sexo. Noté que estaba a punto de eyacular, y cuando me preparaba para recibir su esperma dentro de mí, paró lentamente y me sacó el pene. Me quedé perpleja, vacía…

Se agachó hasta mi sexo y procedió a lamerlo de nuevo. Iba a protestar, pero el placer que me daba esa lengua… Siguió lamiéndome, hasta que con un movimiento de sus manos me indicó que me volviese boca abajo.

Así lo hice. Mi sexo ardía de deseo por ser penetrado de nuevo. Cenit separó mis nalgas y posó su endurecida lengua en la entrada de mi ano. La movía circularmente, despacio, como cerciorándose de que era de mi agrado tal caricia. Un suspiro mío le indicó que tenía mi aprobación. Siguió con el movimiento circular hasta que su lengua se detuvo en la entrada del ano. Se abrió paso relajando mi esfínter, e iniciando un mete saca con tan improvisado pene. A medida que yo me rebajaba, el placer se hacía mayor. Llegó un momento en el que ya no me molestaba tal penetración. El también se debió de dar cuenta porque se detuvo y cogiendo el bote de aceite con el que me había dado el masaje, procedió a verter un chorro entre mis nalgas. Noté como el viscoso líquido iba descendiendo hasta la entrada de mi ano. Aquí procedió Cenit a introducir levemente un dedo. Más que a introducirlo, podría decir que se trataba de una ligera presión. Cuando notó que mi esfínter no ponía resistencia siguió con la penetración. Aquí sí que noté un pequeño dolor, no en vano solo había practicado una vez sexo anal con Chema. De eso ya hacía unos años, y nunca más se lo he permitido a pesar de haber disfrutado en aquella ocasión. Pero esta vez no quería volverme atrás, así que ignoré el pequeño dolor y me dediqué a relajarme y a disfrutar. Cenit siguió con movimientos suaves, hasta que todo el dedo estaba introducido en mi ano. Ahora sí que las sensaciones comenzaban a ser placenteras. Cenit se detuvo hasta que mi ano estaba lo suficientemente dilatado, como para seguir disfrutando. Inició entonces un mete y saca que me transportaban en un cúmulo de placeres, ocultos hasta ahora para mí. Movía su dedo en mi interior, con mucho cuidado para no dañarme, y exploraba cada rincón de mi ano. La suavidad que mostraba Cenit, distaba mucho de la brusquedad de alguna penetración de Chema al introducirme un dedo. Más de una vez se lo había tenido que recriminar. Quizás esa era la causa por la que me había negado a mantener ese tipo de relaciones con él.

Cenit metió el pulgar en la vagina, y así en cada movimiento, era complacida por mis dos agujeros. En alguna ocasión los dedos solo estaban separados por la fina membrana que separa el ano de la vagina. Por si todo eso era poco, Cenit no dejaba de besarme la espalda y de prodigarse en suaves caricias en mi pelo. Ya se que repito mucho la palabra suave, pero es la palabra que utilizaría para resumir lo que fue aquella noche. Quizás aquella suavidad era la que me hacía perder la cabeza más y más, y lo que me hizo gritarle como una loca que me penetrase de una vez. Sacó sus dedos y se colocó sobre mí. De nuevo noté un chorro de aceite que resbalaba por mis glúteos. Entonces lo entendí, ¡iba a penetrarme por el ano! Noté como apoyaba su glande en la entrada, y como comenzó una leve presión. Noté un gran dolor, tal vez comparable al que sentí en mi desvirgación. Decidí relajarme para poder permitir la entrada de tan enorme pene. Siguió presionando sobre la entrada y cuando iba a entrar, un dolor irresistible me hizo gritar.

- ¡Basta! Que me matas.

Detuvo la penetración, y tras unos segundos retiró el pene de mi ano. Llevé una mano para intentar aliviar el dolor. Cenit la retiró, y procedió a pasar la lengua por mi dolorido orificio. Poco a poco el dolor fue remitiendo.

- Es demasiado grande para mí. – Exclamé.

- Me extraño que me pidieras que te penetrase. Solo una mujer ha sido capaz de aguantarme.

Aquellas palabras hirieron mi orgullo, y a punto estuve de decirle que volviese a la carga, pero la razón venció en aquella ocasión.

- Me refería a que me penetrases por la vagina – le dije sensualmente.

Cenit volvió a sacar algo de la cesta. Parecía el bolso de Mary PoPPis. Era una caja de preservativos. Hasta entonces yo no había pensado en ellos. Procedió a colocarse uno, y después me penetró. Esta postura es una de mis preferidas. Disfruto mucho cuando Chema me penetra así, pero Cenit tenía la ventaja de su “herramienta”. Yo movía la cadera de un lado a otro para acoplar el pene a cada rincón de mi vagina. Mientras que con una mano se sujetaba, con la otra me acariciaba el pelo y pasaba sus dedos levemente por mi espalda. Mi respiración se aceleraba por momentos y un tercer orgasmo sacudió todo mi cuerpo. Meneaba fuerte mi cadera para que Cenit me penetrase más fuerte durante el intenso orgasmo. Estaba cansada, pero quería más. Hice un movimiento hacia delante y me saqué el pene de mi interior. Antes de que Cenit reaccionase le cogí su miembro y retiré el condón de un movimiento rápido. Se me quedó mirando unos instantes a los ojos y finalmente asintió. Otra vez me dio la vuelta y me colocó a cuatro patas. Me fue penetrando y a medida que su pene se habría paso en el interior de mi cuerpo, el aire salía de mi boca a borbotones. Se agarró a mis caderas e inició un movimiento rápido, profundo, aunque no llegó en ningún momento a lastimarme por una excesiva penetración. Parecía que la sangre saldría disparada por mi cabeza. Se echó un poco sobre mí para poder agarrar mis pechos. Estos estaban duros, y se adaptaron a las manos que los acariciaban. Agaché un poco mi cabeza y la apoyé en el suelo con el fin de tener otro punto de apoyo, ante las envestidas que Cenit me estaba regalando. Aceleró el movimiento, y su respiración entrecortada me hicieron ver que su orgasmo por fin estaba apunto de consumarse. Cuando las primeras gotas de semen estaban a punto de salir, Cenit sacó su pene y descargó sobre mi espalda y mis glúteos. Fue un largo orgasmo, y una gran cantidad de semen el que recorría mi espada hacia los costados. Pegué mis glúteos a su pubis, y procedí a refregarme como una gata en celo. Pasó sus manos por mi espalda y retiró parte del semen, limpiándose después con la manta.

Me di la vuelta despacio, y me quedé mirando su cara. Parecía la de un niño con un juguete nuevo.

- ¿Que es lo que más te gusta de mí?

- Cómo saben tus pechos.

Me incorporé y cogí su cara con ambas manos. Mis labios depositaron un beso en los suyos. Me abrazó, y juraría que sentí un ligero escalofrío en su cuerpo.

- Ven conmigo

Se levantó y me tendió la mano para ayudarme a que me levantase. Nos pusimos el calzado y desnudos bajamos del acantilado por un serpenteante camino que nos condujo a una hermosa cala. Caminamos abrazados por la cintura y nos fuimos hasta donde las olas dormían en la arena. El agua estaba caliente y nos fuimos metiendo hasta que nos llegaba por encima de la cintura. Cenit me abrazó y nuestros labios se fundieron en un cálido beso, teniendo como único testigo a la luna. Descendió sus labios hasta mis pechos, que le recibieron con los pezones duros por el deseo y por el contacto del agua. Fue moviendo la boca de uno a otro. Eché la cabeza y la espalda hacia atrás, para que pudiese lamerme más cómodo. Sus manos copaban mis pechos, unas veces con suavidad, otras con cierta fuerza, pero siempre placenteramente.

Me cogió en volandas, y fue descendiendo poco a poco hasta que mi sexo tuvo contacto con su erecto pene. Comenzó a penetrarme al tiempo que yo enlazaba mis piernas a su cuerpo. Cuando me tuvo totalmente llena, comenzó a moverse frenéticamente. Yo le ayudaba meneando también mis caderas. Mi cuerpo lo eché hacia atrás hasta tocar el agua, metiendo la cabeza en ella, golpeándome con el líquido elemento. Notaba que me faltaba el aire y tuve que mover mis piernas para poder respirar. El agua del mar, al contacto con mi enrojecida vagina me producía un escozor que llegaba a molestarme, pero no pensaba dejar de gozar de tan increíble amante. Me agarré con las dos manos a su cuello, a la vez que un orgasmo iba desde mi vagina hasta mi boca, donde un grito de placer salió para perderse en el aire de la noche. Seguía meneándose no dándome cuartel. El agua seguía produciéndome un escozor insufrible. Cenit se debió de dar cuenta, y conmigo en volandas salió del agua hasta la arena de la playa, donde me dejó, pero no descansar. Su pene seguía con una erección increíble, y estaba claro que quería seguir penetrándome. Me levantó las piernas hasta sus hombros, y me penetró sin resistencia alguna gracias a la lubricación del orgasmo anterior. La velocidad era grande, y mi cuerpo vibraba con cada movimiento. Incorporé un poco la cabeza y pude ver como el pene desaparecía casi por completo en mi vagina. Era increíble que me pudiese “tragar” tal instrumento.

Se agarró a mis pechos a la vez que notaba como su pene vibraba dentro de mí, en señal de que la eyaculación estaba cerca. Me separé de él y me puse de rodillas ante su pene. Lo tomé con ambas manos, y me puse a succionar su glande a la vez que mi lengua trabajaba el orificio de este. Su respiración se aceleró y al mirarle a los ojos, este agarró mi cabeza impidiendo retirar mi cabeza. Recibí las primeras gotas de semen y abrí la boca todo lo que pude para no perder ni una sola gota. No me cabía todo el líquido que aquel semental me lanzaba, así que algo se perdió por las comisuras de mis labios. Lo recogí con los dedos, y lo introduje golosa en mi boca. Me incorporé y le di un buen morreo jugueteando y compartiendo el semen, que procedimos a tragarnos los dos.

Nos tumbamos en la arena, a contemplar el incipiente amanecer que ya se dibujaba en el horizonte. Nos quedamos allí abrazados hasta que el sol acabó de desperezarse y se alzó sobre el mar. Nos pusimos de pié, y volvimos al lugar donde habíamos dejado el coche. Cenit quiso sacarme una foto para tener un recuerdo de mí. Yo accedí, a cambio de sacarle una foto a él, y por supuesto desnudo. El al final también quiso que yo estuviese desnuda.

- Recordaré siempre esta noche, te lo aseguro.

- También yo, además ahora estarás siempre dentro de mí, en un rincón de mi cuerpo.

Recogimos todo y emprendimos el camino de regreso a Santander por la carretera de la costa. Era curioso, pero no tenía sueño. Me dejó en la puerta del hotel, y se despidió con un hasta siempre tras darme un beso en mis labios. Iba a entrar en el hotel, y al volverme allí estaba todavía. Regresé al coche y abrazándome a él, le besé largamente para despedirme con un “no lo olvidaré nunca”.

Entré en la habitación, y encontré a Carolina totalmente desnuda encima de la cama. Pude contemplar su hermoso cuerpo, su melena desmadejada sobre la almohada. Entonces me vino a la cabeza la escena que tuvo con los dos chicos del restaurante. Sonreí para mis adentros al sacar la cámara de fotos, y revisar en la pantalla todas las fotos que había sacado durante esta fenomenal e increíble noche.

El resto del fin de semana lo pasamos tomando el sol en la playa, aunque a varias de nosotras, la cara y la mirada perdida, hacía entrever que algún recuerdo recorría nuestra cabeza.

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Categoria: Infidelidad. 961 lecturas.
Publicado el 10-12-2008 por Achorro