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Inma esta estrenando un tanga rojo

Mi adorado hermano Daniel


Mi nombre es Deborah y quiero contarles mi primera anécdota.

Abrí los ojos en la oscuridad. Mi cuerpo desnudo estaba húmedo de sudor, un peso oprimía mi cuerpo. Al tacto sentí la cabellera de Daniel, mi adorado hermano, y volvieron las a mi mente las escenas de la noche anterior. Las caricias, el deseo, los interminables orgasmos que me hicieron vibrar como jamás creí posible. Así fue como regresé a la conciencia, así fue como reviví el sueño de ser suya.

Me levanté de la cama con cuidado para no despertarlo y me dirigí a la ducha. El agua caliente me recorría toda la piel, deslizándose y deleitando mis sentidos, la excitación de los recuerdos me llenaba toda, me hacia vibrar. Deslicé mis manos por los enormes pechos que la madre naturaleza me obsequió, los pezones erectos me hacían temblar de anticipación. Tomé mi cepillo de baño, suaves cerdas en un mango de madera grueso y noble.

Me enjaboné lentamente, disfrutando como se deslizaban mis manos por este cuerpo arrecho al máximo. Pasé las cerdas del cepillo por mi cuerpo bañado de excitación, los deseos me arrebataban la razón. Mi vagina aún contenía restos del esperma prohibido, esperma de mi propio hermano, el semen del hombre que me había despertado al sexo. El ano me dolía un poco, palpitando de vez en cuando, pero la sensación no era molesta.

El agua seguía corriendo suavemente por mi cuerpo, y deslicé el mango del cepillo por mi cadera derecha, esto me dio una idea. La punta redondeada del mango se deslizó por mis labios vaginales, produciéndome un estremecimiento delirante. No tenía el enorme tamaño de la verga de mi hermano, ni su forma, pero así y todo me estaba dando mucho placer. Deslicé el palo de madera poco a poco por mi gruta, penetrándome despacio, sin prisa, hasta que el cuerpo del cepillo quedó entre mis muslos. Me incliné haciendo que el cepillo quedara entre mis nalgas, mi cuerpo en ángulo de 90 grados, mi mano zurda tomando el cuerpo del cepillo, así inicié un ritmo lento pero firme que me arrancó suspiros inevitables.

Metía y sacaba aquel objeto de mi intimidad, mientras esa misma intimidad chorreaba líquidos lubricantes. Me estaba masturbando con un objeto de uso cotidiano, un vulgar cepillo que me daba demasiado placer. Me vine jadeando, cayendo al suelo de mosaicos sobre mis rodillas, mi intimidad explotando de exuberancia. Me zafé de ese objeto, y terminé de bañarme. Al salir de la ducha me asomé a la habitación, Daniel seguía dormido, así que fui a la cocina, caminando totalmente desnuda. Jamás había sentido tanta fiebre sexual en mi cuerpo, el mango del cepillo lejos de saciarme, me había excitado mucho más. En la cocina encontré poca cosa de alimentos o de bebidas, salvo una botella de mC Arthur nada que valiese como nutrimento.

Debajo de la alacena había dos trozos de cuerda de material plástico y una idea me llegó a la mente. Cogí las dos sogas y me fui directo a la habitación, donde Daniel seguía dormido. Le estiré ambos brazos hacia arriba, atando sus muñecas a la cabecera de la cama. Repetí la operación con sus tobillos, atándolos a las patas de dicho mueble. El quedó atado, como en el potro de la inquisición, los amarres eran firmes aunque dudo que le cortasen la circulación de manos o pies.

Al terminar, me miré al espejo y este me devolvió la imagen de una mujer sensual, con mirada lasciva y sonrisa perversa, el cabello húmedo y ensortijado. Ahora podía contemplarlo a mis anchas, el pobre Daniel seguía dormido un cuerpo masculino, no muy musculoso, pero bien proporcionado, correspondía al ideal de la belleza de la antigua Grecia, revivido en el renacimiento. Piel morena, en contraste con la mía, y su verga. Una verga digna de admirar, grande y erecta, con venas poderosas que al penetrar me hacían sentir cosas increíbles. El glande gallardo, circuncidado desde siempre, como correspondía a los hombres de nuestra raza. Imaginé a Isaac, mi otro hermano, gemelo de Daniel, y me prometí que un día también él seria parte de mi vida sexual. Me acerqué a Daniel, y besé sus labios apasionadamente.

Él despertó y al verse atado quiso hablar. Le tapé la boca con mi mano.

-No digas nada…le ordené…por esta vez yo mando, y quiero darte el pago de todo el placer que me diste anoche. El juego es simple, yo actúo, y tú no puedes tocarme.

Él asintió sin decir palabra, y yo comencé a besarle el cuello. Su aroma a hombre me deshacía de deseos, mis pezones se endurecieron mucho, mientras yo besaba sus tetillas y él se retorcía de emoción. Seguí besando, su tórax, sus costillas haciéndole retorcerse de felicidad. Llegué a su ombligo e introduje mi lengua, recordando el cunnilingus que me había hecho mi hermano.

Su verga pugnaba por ser atendida, pero la ignoré con intención de llegar a ella a su momento, para todo habría tiempo. Sus vellos púbicos me rozaban las tetazas y me excitaban mucho, así fue como llegué a esa verga que necesitaba mi cuidado y atenciones. Tomé esa verga entre mis manos, ni con las dos podía abarcar toda su longitud, dudé bastante y busqué su mirada, mis labios húmedos estaban a pocos centímetros de ese cetro de placer. Nuestras miradas se encontraron y él dijo.

-Solo si lo deseas hermana… -¿Te dará placer Dani…?-pregunté yo, jamás había besado, ni mucho menos mamado una polla, así que dudaba. -Me dará mucho placer. Sobre todo porque eres tú quien lo hace…

No esperé. Él era mi prisionero, pero mi deseo era darle todo el placer que mi cuerpo pudiese brindar. Me metí su verga en la boca, en ella encontré los restos de nuestros fluidos de la noche anterior, que traían a mi paladar sabores que me llenaban de recuerdos excitantes. La introducía en mi boca y la retiraba. Me la restregaba por la cara, por el pelo y me la volvía a meter a la boca. La escupía, le daba mordidas suaves que le hacían gemir.

Tomé su polla entre mis tetas y la masturbé con deleite, él gritaba y estiraba sus ligaduras, tratando de desatarse para tocarme. Mi juego era mi juego y jamás cedo cuando me empeño a una faena, así que se quedó así, atado a mi merced.

Volví a mamar ese vergón glorioso, sin sacármelo ya de la boca, estaba consciente de las reacciones de su cuerpo, su verga no entraba por completo y de hecho me llegaba a la garganta. Dejando un buen tramo fuera.

De momento, me decidí a hacer de tragaespadas, y despacio me la introduje hasta que sus vellos púbicos rozaban mi nariz. Las contracciones de mi garganta dedicaban elocuentes presiones en esa polla tan amada y deseada. Mi hermano se revolvía, pero comprendía que no debía embestir, pues podía lastimarme.. Para esas alturas mi concha estaba rezumando lubricantes a chorros, me sentía mareada por la situación me imaginaba en un cuadro surrealista. Inicié el vaivén de mi cabeza, provocando que Daniel se retorciera, y embistiera, a impulsos del deseo. Más de veinte minutos duró aquella felación, hasta que mi hermano gritó:

-¡Me vengo en tu garganta hermanitaaaaa!– como fue.

No terminaba de decirlo cuando mi garganta fue invadida por un chorro interminable de esperma. Me tragué todo, devorándolo. Degustando su calor. El sabor era indescifrable, indescriptible. Me saqué de la boca aquel garrote, saboreando el semen de mi hermano, admirada de esa verga que no había amainado en erección. Me monté sobre sus muslos, dándole la espalda. Tomé su verga erecta y orgullosa, colocándola en mi concha. Me fui empalando poco a poco, disfrutando cada centímetro, saboreando su semen en la boca y sus venas en relieve en mi sensible vagina. Quedé sentada sobre su cuerpo, con la verga de mi hermano en mi interior.

Me moví despacio, en círculos, estaba aprendiendo a follar y moverme para dar el mayor efecto a un coito. Empecé unos viajes de cadera de adelante hacia atrás, sudando y haciéndolo vibrar en mi interior. Así estuvimos y no tardé en venirme a mares, en un orgasmo múltiple, a los que me estaba habituando.

Nuestros gritos hacían vibrar la habitación, recuerdo que después de esa follada las ventanas quedaron empañadas como suele suceder con los cristales de los autos de las parejas ardientes. Yo me venía y me venía sin control, hasta que mi hermano bramando mi nombre eyaculó abundantes chorrazos de semen que golpeaban mis entrañas hasta el límite de lo insoportable.

Terminado aquel coito, me desacoplé, desatándolo. Pero yo, que inocentemente creí que todo había terminado de momento, no consideré que él tenía verga para rato. Me tumbó sobre la cama, con la cabeza colgando, se colocó mis muslos abarcando su cuerpo, mis tobillos rodeando su cuello, y de esta guisa me penetró de golpe, estaba excitadísimo. Yo tenía la vagina encharcada, así que entró a la primera, haciéndome venir en el acto.

Él siguió follándome con algo de rudeza. Mi cabeza colgaba de la cama, mis tetazas botaban como pelotas, y eran aprisionadas entre sus manos. Se vino en mi interior al tiempo que yo gritaba mi enésimo orgasmo múltiple. No me dio respiro, ya que se zafó de mi vagina solo para voltearme boca abajo, poniéndome la verga entre las nalgas.

Yo daba lo que deseaba, así que me levanté, empinando mi culo, ofreciéndoselo para su verga. Me penetró el ano muy despacio, consciente de que podía lastimarme con su descomunal instrumento. Ya en mi interior se empezó a mover con maestría, haciéndome gozar como desesperada. Nos venimos a los diez minutos de aquel polvo anal.

Me encanta recordar estas experiencias, créanme si les digo que me he estado masturbando mientras escribo este relato.

Autora: Deborah

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Categoria: Incesto. 1,747 lecturas.
Publicado el 17-5-2009 por Achorro

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