Casualidades publicas, consecuencias privadas
CAPÍTULO 0. INTROITO.
Conducía de regreso a mi nueva casa, en la para mí nueva ciudad, de Lyon, a la que me había desplazado para trabajar. Vivía con mi madre en la ciudad de Toulouse. Era mi segundo trabajo y había supuesto un ascenso, tanto profesional como económicamente. Hoy lunes sería el primer día en el nuevo trabajo, en una nueva ciudad, en una nueva casa y en una nueva vida. Me pareció increíble lo que puede cambiarte la vida en apenas un mes.
Como siempre en el coche, llevo encendida la radio. Están entrevistando a un famoso psicólogo que ha escrito un libro acerca de la historia de la familia. Un tal Michel Sentinel. El libro se llama Historia adultera(da) de la familia, de la editorial moulin. Lo cito tan seguro porque ya lo he leído, más bien estudiado.
“…Hay pensamientos que forman parte intrínseca de la evolución de la humanidad en occidente. Pensamos que porque los hemos vivido algunos siglos siempre han estado así con nosotros. Y más aún castigamos a las sociedades que no comparten nuestros criterios, ya sea en el pasado como en la cada vez más difícil, por el mundo globalizado, lejanía geográfica, como sociedades bárbaras.…”
“…La potencia de estos sagrados ideales es tal, que una vez vulnerados individualmente, cambian por completo nuestro modo de ver el mundo y comportarnos en él. Quiero exponer en este libro el ideal occidental de la familia y su evolución. Sacarlo a la luz, con sus mitos y sus tabúes….”
“…Las relaciones entre los miembros de la familia están tipificadas de un modo férreo, llegando incluso a ser delito su vulneración. La unidad familiar se basa en el respeto y la obediencia, pero dejando cierto margen reconocido de libertad a los individuos que la integran, estas reglas no pueden vulnerarse, ni intimar. Este respeto es claro en el primer grado de parentesco: padres-hijos. Pero se extiende a la consanguinidad en primer grado y llega a considerarse en toda la rama principal.…”
“…Así hoy día están reprimidas en la sociedad las relaciones incestuosas entre padres-hijos, y entre hermanos. Y podríamos hablar incluso que alcanza a tíos-primos.
Esto antiguamente no era así. Podemos encontrar relaciones de hermanos, de padres-hijos, o incluso de tutelas entre tíos-sobrinos. Incluso en históricos matriarcados era la madre la iniciadora de toda actividad sexual, y situación similar sucedía en antiguos patriarcados con el padre.
En el mundo romano, bastante más próximo a nosotros, la unidad familiar también podía hacerse y deshacerse a voluntad. Integrando a desconocidos como principales futuros lideres familiares en la descendencia.…”
CAPITULO 1. HACE TIEMPO YA.
A los 26 años recién cumplidos, sus pausadas palabras me llevaron de inmediato al recuerdo de mi adolescencia. Un recuerdo que había olvidado conscientemente en el fondo de la memoria, brotaba ahora de nuevo con toda su fuerza. Como cuando leí el libro.
Mi mente viajo a aquella época, otra vez. Mi recuerdo de la situación comienza a los 13 años. Años en los que comenzaba a despertar a la sexualidad del modo inocente de los niños.
Habitualmente yo pasaba las tardes en casa de mis abuelos maternos. Cerca, además, había una plaza en la que se podía jugar con tranquilidad, a los juegos típicos de los niños de esa edad, básicamente jugar un partidito. Iba a su casa pues además de estar cerca, me daban de merendar y tenían unos libros estupendos. Allí también podía estudiar, pues mi tía estaba estudiando último curso de medicina y me ayudaba con mis cosas, si se lo pedía.
Era buen estudiante, se me daba bien. Así que con poco tiempo podía sacar las cosas adelante. Llegada la noche marchaba a mi casa que estaba cerca de allí.
Mi tía Rose, me sacaba 10 años. Era la hija pequeña de mis abuelos, y hermana única de mi madre, 10 años mayor que ella. Mi relación con mi tía era muy buena, próxima y cercana. Era como mi hermana mayor, pero con más libertad en cuanto a caprichos y confidencias.
Mi tía terminó sus estudios y sacó plaza en uno de los hospitales de la ciudad para realizar las prácticas o como se llamase eso, pues nunca lo entendí.
A partir de ese momento yo pasaba por el hospital a verla, de vez en cuando. Me invitaba a un refresco en la cafetería del centro. Mis visitas no eran, claro está, solo por verla a ella. Me gustaba el olor del hospital, y ver a las enfermeras y doctoras, con sus batas. Yo sabía que iban ligeras de ropa debajo de las batas de trabajo, más de una vez había casi visto cambiarse a mi tía, y eso excitaba mis hormonas de un modo salvaje.
Esta relación se mantuvo durante mi bachillerato. Rose me ayudaba a estudiar por las noches en casa de mis abuelos. Ella ya había pasado por todo eso, y sabía como preparar las cosas de estudio. Mi madre siempre había trabajado, desde los 18 años, en que entró en unos grandes almacenes de la ciudad, y no sabía de esas cosas. Así que esta relación se veía normal por completo.
Pero yo seguía creciendo, y mi relación con mi tía Rose no cambiaba en ese punto. Ella me tomaba el pelo en cuanto a mis posibles lances de amores, e incluso me tomaba el pelo en el hospital con algunas de las enfermeras amigas suyas.
Imagino que para ella yo no había crecido. Por tanto me mostraba su confianza y su intimidad, sin grandes recatos. Éramos como dos hermanos o dos medio novios, que hacían bastante vida en común, incluso cuando salía de compras solíamos ir juntos. Ignoro la razón, pero nunca tuvo relación formal conocida, siempre se centró o en sus estudios o en su trabajo.
Pero yo SI había crecido. Con 16 años las hormonas me salían por las orejas, y ella tenía unos gloriosos 26. Había comenzado a ser más osado. Más de una vez había estado tentado de mostrarle mi deseo, pero el tabú, la timidez de la edad y el miedo al rechazo, me frenaban.
Tuve que contentarme con comenzar a espiarla, con rebuscar en sus cajones su ropa interior, con aspirar su olor. La miraba con deleite cuando se levantaba por las mañanas con sus pijamas, o con su camisón. Tenía unos camisones de color crema semitransparentes en donde se podían apreciar sus pezones.
Así que comencé a masturbarme con su ropa, en su habitación. Comencé a escuchar cuando entraba en el baño a ducharse, imaginando como sería. Me quedaba embobado mirándola, las raras veces en que la prisa y la confianza me dejaban verla cambiarse en su cuarto o saliendo y entrando del baño a medio vestir.
A los 17 años, ella con 27, mi adoración y deseo por ella se habían hecho incontenibles. Yo creo que ella disfrutaba en cierto modo con ello, segura de su seguridad en su castillo familiar y aguijoneando mi sexualidad.
“Tener un buen coche y una buena estrategia, no lo es todo, siempre habrá que improvisar ante lo inesperado”.
Juan Manuel Fangio, piloto de carreras (1951)
Todo sucedió aquella vez, de un modo inesperado y no preparado en modo alguno. Fue la casualidad o el diablo que enreda en demasía.
Era medía tarde. Mis abuelos habían salido a dar su paseo de tarde. Ella había estado trabajando de mañana. Yo preparaba un trabajo de filosofía en el salón de la casa. Ella, mientras, estaba preparándose para salir, yendo del baño a su cuarto, y vuelta. Imagino que arreglándose y vistiéndose. Yo, esta vez, cierto es que no estaba muy atento a sus andanzas. Y ella tampoco era muy consciente de mi presencia, imagino que debido a mi silencio.
En un momento dado, yo quedé bloqueado en un desarrollo, y no sabía como plantear el tema de la exposición. Así que me levanté rápido y entré en su cuarto con el libro abierto en las manos y la cabeza embebida en él…
–‘¡Tía Rose!. No se cómo…’. La frase se me atragantó al levantar la cabeza. Mi tía estaba en bragas en medio de su habitación, colocándose el sostén. A duras penas pude rematar la frase…
–‘…seguir’. Y me quede clavado en la puerta, con el libro abierto en las manos y mirándola embobado.
Las mujeres de la familia no saben el extraño poder y fascinación que ejercen sobre los miembros machos jóvenes, puede que al revés suceda igual, lo desconozco. Y si lo saben, confían en que sabrán dominarlos y que el tabú de la relación familiar será una barrera llegado el caso. Así que exceden sus confianzas, bromas, chanzas y confidencias.
No se dan cuenta que se enfrentan con jóvenes hombres que tienen desarrollado ya su cuerpo, y disponen de una gran fuerza física. Los jóvenes además son impulsivos, y poco reflexivos, ignorantes de las consecuencias de gran parte de sus actos. Solo viven por y para el presente, pensando que todo se puede arreglar.
–‘¡JODER Michel!…llama antes de entrar’. Dijo mi tía con cara bastante más que enfadada, tapándose los pechos cruzando los brazos sobre ellos. Pero yo permanecía petrificado mirándola. Ya la había visto en bikini, pero no era lo mismo. De hecho el pelo de su pubis se medio transparentaba por la tela de la braga.
–‘¡JODER MICHEL!…que salgas de la habitación…¡coño!’.
Pero en ese instante, me bloqueé. Mi razón se cerró y un deseo imparable pudo más que yo. Me guiaba como un autómata. No vi más. Di dos pasos y me acerqué a ella, quedándome a la distancia de un bofetón.
Su mirada había pasado de verdadero cabreo,..a sorpresa,…a duda, y finalmente a …miedo. Quedó paralizada tal como estaba, con los brazos sobre sus pechos, mirándome a los ojos.
–‘¿Qué quieres Michel?’.
Sin pensar en más, la di un beso en los labios. Con la boca cerrada.
–‘¿Michel que haces?…párate…no puede ser…no está bien…sal de la habitación, …¡por favor!’.
Dejé caer el libro al suelo, y abrazándola la besé de nuevo, con fuerza, con los labios cerrados. Sin sus zapatos, a mi edad era ya unos 5 cm más alto que ella.
Ella reaccionó entonces, olvidándose de su pudor por sus pechos y su desnudez, intentó separarme con sus brazos, y apartando la cara. Pero lo único que consiguió fue apartarse ella, retrocediendo un paso.
–‘¡MICHEL!…para….párate…ESTO no está bien….soy tu tía…’.
Por fin pude reaccionar y conseguí hablar.
–‘Rose, me da igual que seas mi tía. No te das cuenta de que te quiero, que te deseo, que te amo,…eres la mujer de mis sueños…’.
¡Que sabe la juventud del amor!. La juventud sabe de la pasión, del deseo por el sexo. No tiene más barreras, ni más mañana.
Mi tía intento hacerme reflexionar.
–‘Por favor, Michel,…no puede ser…soy mayor que tu…soy tu tía…por favor, vuelve en ti,…no lo sabía…déjame cambiarme y hablamos de todo esto’.
Pero la mecha se había encendido. Había cruzado la línea de no retorno, y más aún yo NO quería parar.
–‘Tía,… quiero hacer el amor contigo…ahora…’.
Y de un gesto rápido me bajé los pantalones, calzoncillo incluido hasta los tobillos. Mi polla emergió vibrante, robusta, tiesa,…
–‘No ves como estoy…estoy así por ti,…no lo ves’.
Ella retrocedió otro paso. Y comenzó a hablar como implorando, con voz queda y baja…
–‘¡Por favor!… ¡por favor!, Michel, no sigas,…vístete…’.
Pero yo estaba comenzando a impacientarme, y cada vez me crecía más, sabedor de mi fortaleza física. Sacándome los pantalones y el calzoncillo de los pies, di dos pasos acercándome a ella de nuevo y sujetándola por los brazos…
–‘¡Escúchame! Voy a hacerte el amor ahora. De un modo o de otro…’.
¡Que sabe el joven de hacer el amor!, sabe de sexo, sexo primario…mi tía Rose, estaba asustada de veras y comenzaba a rendirse de algún modo,…
–‘Michel, no podemos hacerlo,… yo no quiero hacerlo… no me hagas daño. Me estas haciendo daño, suéltame por favor,…’.
Comencé a hacerla retroceder hasta el pie de la cama. La besé de nuevo en los labios, y soltándola los brazos comencé a bajarle las bragas… ella permanecía quieta, medio comenzaba a sollozar…
La intenté calmar, la besaba en el cuello, la besaba en los labios, la abrazaba. Ella ya no intentaba apartar la cabeza. Yo sentía mi polla erecta contra su vientre.
Pero continuaba medio sollozando. Inerte. Solo repetía…
–‘para, para… no puede ser… no puede ser…’.
La senté al borde la cama, y la giré tumbándola a lo largo. Comencé besando todo su cuerpo: sus pantorrillas, su estomago, sus pechos, su boca, sus ojos. Tocaba sus pechos con impaciencia, e inexperiencia. Recorría con mis manos su cuerpo,…
–‘No ves que te deseo, no ves que te quiero, enséñame…dime que quieres que haga…’.
–‘¿Si te pido que te pares, lo harás? Lo olvidaré todo… te lo prometo, no se lo diremos a nadie’.
–‘¡NO!… no me pidas eso, NO pienso parar’.
–‘¡Vale! ¡Vale!… cálmate. Te enseñaré… pero prométeme que lo haremos una sola vez… solo hoy… solo ahora; y que nadie nunca, NUNCA, lo sabrá’. Dijo atemorizada, realmente consciente de que no dominaba la situación.
–‘¡NO! … no te prometo nada’.
–‘¡Vale! ¡Vale!… lo hablaremos luego…’. Intentaba ganar tiempo, buscar una salida a una situación que ella ni siquiera había llegado a plantearse remotamente. Intentando minimizar la trascendencia del acto.
Y a partir de ese momento ella comenzó a guiar mis manos, a llevarme por su cuerpo, me enseñó a besar, a recorrer su piel… pero yo quería entrar rápido, pronto. Necesitaba calmarme en su interior. Para mi juventud, eso significaba hacer el amor.
Puede que quisiera apurarme por ver si me corría sobre ella, sin más peligros. Pero mi nerviosismo por entrarla era enorme. Me puse encima de ella, con mis piernas entre sus piernas, pero no atinaba a entrar mi polla dentro de ella.
Mi tía dudaba. Yo veía su falsa entrega. Pero mi tía, viendo que la situación era inevitable, por tenerme encima de ella pujando por entrarla, cerró los ojos y con una mano tomo mi polla. Su otra mano me retuvo por el pecho.
–‘Espera… espera un poco… si me entras ahora me dolerá…estoy seca’.
Su mano dirigió la punta de mi polla a su vagina, y sin entrar, la hizo jugar con sus labios y su clítoris. Recorría con la punta el interior de los labios, frotaba el glande contra su clítoris. Yo ardía por entrar, sin saber como. Noté como la fricción de mi miembro contra sus labios iba desapareciendo. Tía Rose estaba consiguiendo forzar humedecerse un poco.
Abrió los ojos, y sin soltar mi polla de su mano me dijo:
–‘entra despacio… si entras muy rápido me harás daño… y por DIOS, Michel,… no te corras dentro… ¿vale?… cuando veas que te vas a correr,… te sales… ¿me has oído?… ¿ME HAS OIDO?’.
–‘vale, vale,… Tia… lo que tu digas’.
Mi tía enfiló el glande en la entrada de la vagina. Noté la humedad, el calor,… puso sus dos manos en mi pecho, como deteniéndome…
–‘¡Ahora!… empuja despacio… despacio… ¡eh!’.
Y empujé… La cabeza de mi polla, entró… Note el ardiente calor y la presión. Noté también como mi tía arqueaba la pelvis y mordía su labio inferior, dándome ligeras palmeteadas con sus manos en mi pecho como indicándome que frenase… eso me excitó… me excitó tanto que acto seguido empujé de nuevo…
Esta vez la polla entró hasta dentro, del todo… Mi tía soltó un sordo gemido y echó su cabeza hacia atrás… continuaba mordiéndose el labio, y sus manos se cerraron sobre mi pecho, en puño, apretando mi escaso pelo del pecho…
El interior estaba ardiendo. El interior estaba estrecho. Calor y presión, eso era lo que yo notaba en la polla. A partir de ahí mi descontrol se disparó.
Pase mis manos por debajo de su culo y me tumbé sobre ella, apretando tanto como lo que era capaz. Con golpes rápidos de pelvis sin llegar a sacar la polla, sentí que descargaba todo mi interior en 3 ó 4 golpes. Había conseguido que ella gimiese ligeramente, aguantando mis embestidas…
Pero me corrí, casi nada más entrar, y paré desfallecido. Ella debió sentir el calor dentro de ella, y abriendo los ojos e intentando quitarme de encima suyo, casi gritó…
–‘¡Joder Michel!… salte… salte… te has corrido dentro… salte…’.
Pero yo no quería salir, quería seguir dentro. Necesitaba seguir dentro de ella. No había soltado mis manos de su culo. Mi juventud, mi necesidad, mis hormonas, impedían que mi polla se relajara. Continuaba dura.
–‘Michel, sal ya… ya está… ya lo hemos hecho…’.
–‘No tía, no es suficiente,… quiero seguir, quiero más…’.
–‘Michel… habrá que esperar un poco… date un respiro… sal’.
–‘No tía… no necesito parar…estoy a tope… sigamos…’.
Mi tía, me miró a los ojos, como incrédula. En ese momento ella sintió que seguía duro como un palo ardiente. Creo que fue en ese momento cuando fue consciente del valor de la juventud para follar sin parar. No paran. Siempre prestos. Se descargan rápido y vuelven de nuevo a la carga. Ella ya había tenido algún encuentro con tipos cercanos a los 30 y sabía de sus ritmos para excitarse y descargar, mas lentos y largos que los de un juvenil teenager.
–‘Michel dijimos una vez… salte…’.
–‘NO… tía… TU dijiste una vez… y yo aun no he terminado de hacerlo… quiero más… te quiero entera…’.
Y sacando las manos de debajo de su culo, me apoyé con las palmas de la mano sobre la cama, irguiéndome. Comencé a salir y entrar, esta vez más despacio sin la urgencia del primer momento.
Ella tenía que sentirme dentro. Duro y caliente, a la vez. Tenía que notar mis potentes embestidas de macho joven. Algunas embestidas después, mis manos fueron sobre la cadera. Me puse de rodillas, y elevándola la cadera hice que las embestidas fueran más veloces y profundas.
Algunas embestidas después terminé por eyacular de nuevo dentro de ella. Esta vez sus ojos permanecían cerrados, con la boca entreabierta,…
Esta vez si que me descargué del todo, y sentí con pena como mi polla, disminuía la tensión y el tamaño.
Mi tía aprovechó para zafarse de mí, dejándome fuera. Nos tumbamos uno al lado del otro, recuperando el aliento. Ella comenzó a sollozar, besándome dulcemente con los labios cerrados.
No soporté verla así y me senté en la cama. Ella me rodeó el cuello desde detrás. Sentía sus pechos contra mi espalda.
–‘Michel… esto no puede ser… no puede volver a pasar… es imposible… eres mi sobrino… no está bien… no debe saberlo nadie’. Decía sin dejar de sollozar, ni de abrazarme.
–‘Tía… aún no te has dado cuenta de lo que te deseo… quiero estar contigo…’. Dije cabizbajo.
–‘Michel… por favor… no te puedes enamorar de mi… no ves que no puede ser… es un capricho… no es amor de verdad… debes olvidarlo todo…’.
–‘No me trates como a un crío… se lo que siento… te quiero a ti… vayámonos lejos… huyamos…’.
–‘mi niño… no puede ser… no podemos… ¿no lo ves?, no ves que no puede ser…’.
Me levanté de la cama y comencé a vestirme, con prisas, con gesto adusto, enfadado, me sentía rechazado,… Mi tía continuaba hablándome entre sollozos, aun desnuda. Pero yo no la oía.
Terminé de vestirme, recogí mis libros y me dirigí a la puerta. Mi tía permanecía en la puerta de su habitación, de pie, desnuda, sollozando, intentando convencerme.
–‘Michel… por favor… hablemos… no te vayas así… así no’.
Ya con la puerta de la calle casi en la mano, dije:
–‘Me voy tía, es lo que tu quieres… comprendo que para ti no soy nada más que un niño pequeño, no un hombre que te quiere y que te desea… adiós, tía…’.
Abrí la puerta de la calle, y la cerré al salir. Sin más. Sin mirar atrás. Allí la dejé sollozando en el quicio de la puerta de su habitación. La cara entre las manos.
Duras palabras de juventud. Sin compasión. Seca despedida. La juventud se ofrece por entero y lo quiere todo por entero, no admite negociaciones ni términos medios. No entiende de normas, ni de barreras, ni de futuro.
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Publicado el 16-7-2009 por

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