Begonia se está quitando el pijama y tu puedes verlo por la Webcam

Me sigue gustando la universidad


Me llamo Nerea, tengo 21 años; soy una chica morena, no demasiado alta, con el pelo castaño oscuro largo hasta la cintura y eternamente liso. Estoy estudiando en la universidad de una capital de provincia, aún me queda bastante para terminar mis estudios. Vivo sola desde los 18 años, cuando comencé mi carrera; no soy una modelo, pero mi pecho no está mal y tengo todo en su sitio.

Como ya expuse en mi anterior relato, hasta que llegué aquí era una muchacha virgen y, aunque esto no sé si lo dije, bastante tímida. Sólo las copas de me desinhibían, pero claro, eso era cuando vivía con mis padres, generalmente sobreprotegida y rodeada de potenciales “chivatos”, gente por la que mis padres podían enterarse de todo aquello que hiciera. Suena paranoico, pero aquellos que hayan vivido en un lugar donde todos se conozcan, sabrán a lo que me refiero.

Mi primera experiencia sexual propiamente dicha fue el primer día de mi primer curso. Desde entonces he tenido muchas más, pero hoy quiero contar una que quedó grabada a fuego en mi mente, hace un par de años.

Como ya he contado (creo que voy a dejar de hacer referencia a mi anterior relato de una vez), vivo en unos apartamentos de estudiantes, esto es, un sitio donde un montón de chavales llenos de energía y hormonas se dedican a estudiar, salir, y, en definitiva, vivir.

Como es de esperar, siempre hay gente con la que puedas salir a tomar unas copas, sea cual sea el día de la semana. Ninguno vivimos controlados, y eso suele afectar a los estudios de los menos responsables, como es mi caso.

Esto comenzó a suceder un viernes por la noche. Habíamos quedado unos cuantos para ir a cenar y después tomar algo, y probablemente engancharnos la borrachera de la semana. Entre ellos, había una chavala de mi clase, con la que ni me llevaba ni me llevo muy bien, aunque ella parezca empeñarse en creer lo contrario, acompañada de un amigo suyo, o más que amigo, que vivía en los apartamentos, como me enteré después.

Cenamos en una pizzería. Estábamos unas 15 personas, no demasiadas, pero las suficientes como para que la conversación se dividiera en pequeños grupos. En un principio, yo estaba con dos amigas mías, Laura y Sandra; son tremendamente cotillas, y, por ello, bastante divertidas; luego se nos unió la chica ésta de clase y su amigo, puesto que no sabían con quién más hablar. Ella, Clara, era bajita, con bastantes kilos de más, y no demasiado agraciada; es de ésas personas en las que parece que el físico es exactamente igual a la forma de ser: nariz larga y puntiaguda, ojos saltones, el pelo lacio. No daba muy buena impresión por su físico ni lo arreglaba con su carácter. Sin embargo él… Era totalmente distinto. En un principio solamente me fijé en que era bastante divertido, ocurrente, aunque con unos gustos, por lo que comentaba, bastante excéntricos. Estuvimos toda la noche bromeando de bar en bar, entre las risas y el alcohol me lo estaba pasando bastante bien. De pronto, noté que tanto Clara como Quique (que así se llamaba el mozo) se habían separado del grupo. Les busqué con la vista por el bar, y alcancé a distinguirles hablando en una esquina. Él parecía haberse puesto repentinamente serio, y a ella se la veía cabreada, si no furiosa. Le dirigió unas palabras, por la mirada supongo que fueron mordaces, se dio la vuelta, y salió del bar hecha un basilisco.

Quique se acercó de nuevo hacia el grupo.

-¿Qué ha pasado?- le pregunté, curiosa.

-Nada, que la he mandado a la mierda suavemente y se ha enfadado- repuso él.

Tal sinceridad me hizo gracia, y él lo notó. Seguimos bebiendo hasta que cambiaron la música, poniendo música electrónica.

-No aguanto esto.-dije-¿Alguien se cambia de bar?

Quique y otro amigo mío, Gonzalo, me acompañaron. Nos fuimos a un bar más de mi gusto, donde sonaba rock de todas las épocas. Pedimos unas cervezas y nos sentamos los tres en la barra. Vi a Clara con otro chico, dándose el lote en una esquina del bar; Quique también lo vio y se empezó a reír.

-¡Pero qué chica más inquieta es esta Clara! No puede estar sin un tío pendiente de ella, y encima lo consigue siempre; no sé qué tiene.

Quique sacó una pequeña bolsa de marihuana, se lió un canuto y nos dispusimos a fumar.

Yo no estoy acostumbrada a ello, y estaba un pelín mareada cuando terminamos las cervezas y el porro. Les convencí, y nos marchamos a casa.

Caí muerta en la cama, las noches de fiesta siempre me dejan baldada.

Durante esa semana, Quique se presentaba en mi casa cada dos por tres. Es la costumbre más arraigada aquí, las visitas a los apartamentos de los amigos que hayas echado, ya sea para tomar café o para ver vídeos en Youtube y echar unas risas. Tan pronto se presentaba a por un cigarro, como a por la fregona; yo no me sentía molesta, al contrario, era un chico simpático y me ayudaba a pasar el rato.

Cada vez que venía de visita, me daba la oportunidad de fijarme mejor en él. Era un chico alto, moreno, con el pelo largo, y una barba que le daba aspecto de ser bastante mayor de los 21 años que tenía por aquél entonces. Tenía los ojos muy oscuros, y la piel muy clara; siempre vestía de negro o de colores oscuros, y no es que fuera poco atractivo precisamente. No me estaba dando cuenta, pero llegó un día en que me quedé casi sin excusas para invitarle a visitarme, y fue ahí cuando me di cuenta de que estaba decidida a acostarme con ese chico, costara lo que costase.

Y un martes por la noche se me presentó la oportunidad de jugar mis cartas. Había comprado una pizza familiar para cenar, y sólo estaba yo en casa, por lo que no podría terminármela yo sola. Decidí invitar a Quique, “para evitar que se me estropease”, así que le llamé por teléfono.

-¿Sí?

-Ey, Quique, soy Nerea, ¿Hacen pizza y peli hoy en mi casa?

-Mhh…vale, así ya de paso te subo la paellera.

Al cabo de un rato se oyó el timbre, y apareció Quique en mi puerta, con 6 cervezas de la mano, en chándal y con unas zapatillas de andar por casa igualitas a las que usa mi abuelo. Yo estaba en pijama, pero al menos lo mío era más… juvenil.

-Me encantan tus zapatillas.-le dije, intentando no reírme.

-Son súper feas, pero no hay nada más cómodo que esto.-Me dijo, sabiendo lo que estaba pensando.

Nos calentamos la pizza, y le dejé escoger peli. Estuvo mirando las que tenía yo en el ordenador, y se decantó por una película de zombis, mala como ella sola, del año 85. Parecía que en vez de en los 80 se había rodado en los 50, los efectos especiales eran de risa, y así nos estuvimos dos horas y dos cervezas cada uno, riéndonos.

-No tengo sueño- Me dijo

-Yo tampoco.- Me lo estaba pasando bien, y a cada rato le tenía más ganas, pero sabía que de intentarlo en ese momento, no hubiera conseguido absolutamente nada.- ¿Vemos otra?

-Bueno.-Repuso con una sonrisa.

-¡Pero esta vez elijo yo! Que la que me has hecho ver era malísima.-le dije riéndome.

Escogí una de culto, This is England, y nos pusimos a verla. Si uno lo veía desde fuera, era obvio que nos íbamos acercando a cada rato el uno al otro, hasta que apoyó su cabeza en mi hombro y se apartó, sobresaltado.

-Me he quedado medio frito.-Dijo- ¡Qué susto!

Se acabó la peli, ya eran las 3 de la mañana, y ahí seguíamos. Yo estaba que no me podía contener, pero él no daba ninguna señal de acercamiento, me estaba destrozando los nervios; Cuando quiero una cosa la quiero de inmediato, soy muy impaciente para andarme con diplomacias. Pero decidí esperar un poco.

Sin mediar palabra, puso una de terror. A mí me encantan las películas de terror, pero entre las 3 cervezas de Quique y los chupitos de orujo de después, no las tenía todas conmigo. Me estaba dando unos sustos de aúpa, y Quique no hacía más que reírse de mis caras.

Me fui recostando contra él casi sin darme cuenta. Él sí que lo estaba notando, era casi visible la lucha en su cabeza: no sabía si apartarme, o dejarme como estaba.

Llegó un momento en que no pude hacer más caso a la película. Quedamos cara a cara, con las frentes juntas, mirándonos y escuchando de fondo los gritos de la película.

-Nerea, no sé qué hacer.-me dijo- Me caes muy bien, y creo que si intento algo contigo, me podría cargar una futura amistad.

-¿Porqué te la ibas a cargar?-Respondí.- ¿No es más sencillo probar y ya está? Yo no voy a cambiar por un simple rollo.

-Eso era lo que quería oír.-me dijo. Acto seguido giró un poco la cabeza, y me besó.

Tenía los labios bastante gruesos, y una lengua pequeña pero rápida. Fue un beso muy largo, que me hizo tener ganas de más. Se apartó de mí, pero le atraje de nuevo, explorando con mi lengua su boca, apretándole contra mí casi con desesperación.

-Creo que no era el único que tenía un dilema.-me dijo susurrando, con una sonrisa en los labios.

Me situé encima de él, que estaba sentado en el sofá; sentada encima de él con mis rodillas a ambos lados. Así podía sentirle más cerca. Le besé de nuevo, pasando mi mano por su nuca y atrayéndole hacia mí, y pude notar cómo se iba empalmando poco a poco. Viendo como estaba el panorama, bajé mi mano a su paquete y le pregunté

-¿Nos vamos a la cama?

-No tengo goma, Nerea.-me respondió.-Además, ¿no sería ir demasiado deprisa?

-No hace falta que echemos un polvo, se pueden hacer muchas otras cosas para pasarlo bien.

Vi cómo su cara se iluminaba y me siguió como un corderito.

Me estaba sintiendo un poco loba, pero no era desagradable, estaba disfrutando como una enana. Le tumbé en la cama, y me monté encima de él, con la ropa puesta. Le besé, y pude notar cómo su tremenda erección presionaba sobre mi coñito…lo que faltaba para que estuviera enloquecida.

Seguimos un rato entre besos, mientras yo movía muy suave las caderas, para sentir el roce de ese miembro empalmado a través del pijama. De pronto, él puso las manos en mis nalgas y me atrajo hacia sí, de forma que notaba mucho mejor esa presión que ejercía su polla en mi rajita. Comenzó a moverme mientras estábamos apretados, haciendo que yo sintiera el roce directamente en el clítoris. Se me aceleró la respiración, estaba chorreando totalmente.

Me quité algo abruptamente de encima de él. Me miró con una cara un poco compungida,

-¿Porqué te apartas?-preguntó

-No te quejes, anda- Le dije mientras metía mi mano bajo su pantalón.

Tenía un rabo de un largo normal, unos 17 cm, así a ojo, y de ancho no andaba nada mal, erguido entre una mata de pelos oscuros. Empecé a pajearlo suavemente, lo había hecho ya muchas veces y sabía más o menos cómo hacerlo bien. Mientras lo hacía, le miré a la cara. Estaba tumbado en la cama, respirando agitadamente, con los ojos cerrados. Sin soltar su pene, con la otra mano le fui bajando los pantalones poco a poco, hasta dejarle desnudo de cintura para abajo sobre mi cama. Tenía unas piernas fuertes, no demasiado musculosas aunque sí bastante definidas, de deportista; libres de vello.

Seguí pajeándolo, y le pasé la puntita de la lengua por toda la polla. Noté cómo él cogía aire, estaba súper excitada, y estuve lamiendo su mango un rato por toda su longitud, deteniéndome a ratos, a veces introduciéndola en mi boca, intentando abarcarla toda. Estaba muy cachonda.

En una de ésas, noté cómo el bajaba mis pantalones del pijama y me dejaba en bragas, aunque eso no duró mucho, porque me las quitó en seguida. Pasó los dedos a lo largo de mi rajita, deteniéndose en el clítoris para frotarlo suavemente, pero con rapidez. Se me escapó un gemido mientras me afanaba en chupársela. De pronto me agarró y me hizo ponerme haciendo el clásico 69.

Aquello no me lo esperaba, pero fue brutal de todo punto. Era incapaz de concentrarme en mamársela como es debido, jamás me habían comido el coño de esa manera. Sentía su lengua por mis ingles, entre los repliegues de mi chochito, jugando con mi clítoris; sentía cada roce de su lengua como un latigazo placentero en mis nervios. Comenzó a meterme un dedo mientras con la lengua estimulaba mi clítoris, luego dos, luego la lengua… Me estaba haciendo perder el control de mí misma, y yo creo que en mi vida había disfrutado tanto. Las chupadas que le daba a su polla no llevaban ritmo ni nada por el estilo, según era capaz de hacer yo algo, lo intentaba, quería hacer que se corriera, quería sentir su leche resbalando por mi garganta, necesitaba hacerle sentir lo que él estaba provocando en mí. Y, efectivamente, a los pocos minutos en esa posición, pude notar cómo tensaba su cuerpo mientras se descargaba totalmente en mi boca, soltando un suspiro satisfecho; tragué apresuradamente y le di un beso, entrelazando mi lengua con la suya.

Dios… – le oí murmurar.

Nos quedamos los dos exhaustos, desnudos sobre la cama, yo acurrucada y él abrazándome por detrás. Así estuvimos un buen rato, hasta que Quique se levantó a por el paquete de tabaco, poniéndose los calzoncillos y protestando por el frío del suelo.

Mientras fumábamos, ya sentados sobre mi cama y un poco más tapaditos, me estuvo contando que había pasado una temporada bastante dura, porque su novia le había dejado, y se había sobrepuesto a ello follándose a todo lo que estuviera a su alcance. Yo me reí, aunque la verdad, con ese cuerpo que al fin había logrado ver en su totalidad, “todo lo que estuviera a su alcance” debía de ser un número considerable de tías, y pensarlo me ponía un pelín celosa.

Con tanto trajín, nos habían dado las 5 y pico de la mañana; ya estando claro que no íbamos a ir a clase, fuimos a su apartamento, porque no era plan que mi compañera se despertase y le viera allí, soy bastante recatada para esas cosas.

Llegamos allí y nos calentamos un chocolate, porque a esas horas y con hambre, no se nos ocurrió otra cosa para comer. Su compañero no estaba, me dijo, llevaba una semana sin aparecer por casa y no parecía tener intención de volver hasta después de otros tres días. Cuando terminamos, me besó con esa boca tan hábil y me llevó en volandas a la cama.

Allí, tras un rato de besuqueos y toqueteos, nos quedamos dormidos enredados entre las sábanas.

A la mañana siguiente me desperté, algo desorientada, en una habitación que no era la mía, sola en una cama extraña. Según iba abriendo los ojos, me iban viniendo recuerdos de la noche anterior, y se me iba formando una sonrisa en los labios.

Pero, ¿dónde estaba Quique?, me pregunté. Como tenía bastante hambre (sería la una y media de la tarde, así a ojo), salí de la habitación, dispuesta a asaltar la nevera. Me sorprendí cuando vi que Quique había ido al supermercado y me estaba preparando el desayuno.

Te iba a despertar ahora- Me dijo.- Toma, el desayuno.

Tras meterme entre pecho y espalda un enorme batido de chocolate con nata y chocolate líquido por encima (sí, me encanta el dulce y me recreo recordándolo), me fumé un cigarro y me senté en el sofá. Quique me observaba divertido, la verdad es que tenía que estar graciosa con mi cara de sueño y todo el pelo alborotado.

Anoche sudamos un poco, ¿te apetece ducharte?- Me preguntó, con una nota pícara en la mirada.

Le seguí hacia el cuarto de baño. Allí me cogió por la cintura y me dio un beso largo, que hizo que me estremeciera y, por qué no decirlo, que me encendiera de nuevo recordando lo que había ocurrido el día anterior. Sentí sus manos bajando de mi cintura a mi trasero, apretándome contra él; su polla otra vez tiesa como si no hubiera catado hembra en meses. Se bajó rápidamente los pantalones y los calzoncillos, tiró la camiseta al suelo y a mí me desnudó entera con la misma rapidez. Podía sentir cada centímetro de su piel que rozaba con la mía, su respiración agitada, su olor y su pelo enredado con el mío, a la vez que podía sentir el lavabo incrustándose en mis riñones. Él notó mi incomodidad, y se separó de mí, volteándome y haciéndome dejarle a mi espalda. Mientras me aproximaba hacia sí poniéndome el rabo entre nalga y nalga, pude vernos en el espejo. Estábamos los dos sudando, excitados, con los ojos brillantes; sus manos pálidas sobre mi piel, un poquito más oscura por los veranos piscineros, quedaban como si aquel fuera su sitio de toda la vida. Él me sorprendió espiando nuestra imagen, y se quedó mirándome desde el espejo mientras deslizaba sus manos hasta cubrir mi pecho; comenzó a besarme el cuello, la oreja, los labios, y de vuelta al cuello; a mí eso me pierde, volvía a estar como una perra en celo, mi cuerpo me estaba pidiendo faena y yo no quería decirle que no.

Me separé de él entre besos, porque no podía soportar tanto tiempo seguido el roce de su piel con la mía, y me metí en la ducha. El agua estaba endemoniadamente fría, lo que me hizo pegar un respingo, mientras mis pezones, ya erectos con el calentón, se ponían duros como pistachos. Tras regular la temperatura, comencé a enjabonarme el pelo, de espaldas a la cortina, cuando entró él, me quitó la espuma de la cara, se colocó tras de mí y comenzó a sobarme las tetas mientras me besaba. Cuando me di la vuelta, volvió a besarme por el cuello, bajando, y noté su lengua en un pezón, mientras apretaba suavemente con los dientes. Acto seguido repitió lo mismo con la pareja, haciéndome soltar un gemido casi inaudible. Le besé, frenética, mientras echaba mis brazos a su cuello.

Nerea, he comprado condones.

Creo que no necesitaba más para terminar de encenderme, mi cara de felicidad tuvo que ser de antología.

Quique, fóllame.- Las palabras salieron andando de mi boca en un susurro apremiante, llegando a su oído que tan sólo distaba un par de centímetros de mí.

Quique, que estaba tan ansioso o más que yo, no se hizo de rogar. Se puso la bendita goma y me colocó la puntita en la entrada de mi sexo, sujetándome agarrada a él y sin más apoyo, y de un solo empujón pude sentir ese miembro tan deseado dentro de mí, sin dolor alguno, porque ya estaba lubricada que daba gloria verlo.

Comenzó a moverse suavemente, haciéndome sentir esa maravillosa fricción cuya intensidad iba aumentando por momentos; acabó embistiéndome con furia y yo gritando como si me fuera la vida en ello, creí que iba a morirme del placer bajo el chorro disperso de la ducha. Tras diez minutos de embestidas, cambiamos de posición, yo inclinada hacia delante con una pierna sobre el lateral de la bañera y la otra en el suelo, y él detrás de mí, sujetándome los dos brazos con sólo una mano, follándome lo más brutalmente que me habían follado nunca mientras con la otra mano acariciaba mis tetas. Estallé en un orgasmo espectacular por lo intenso, y al momento sentí como él terminaba, quedándose relajado al instante.

Nos enjabonamos mutuamente, y nos besamos enredados en un lío de brazos y piernas. Salimos de la ducha, nos tumbamos en la cama y, tras darle un beso, me quedé dormida como una bendita, me lo había ganado.

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Categoria: General. 184 lecturas.
Publicado el 1-5-2009 por Achorro