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El aumento de sueldo


La señora Rosa ya se había negado en dos ocasiones a la proposición que le había hecho su jefe de tener un encuentro sexual cuando ella había pedido aumento de sueldo, pero era ya muy difícil aguantar dos años sin ningún movimiento en su salario desde que estaba como secretaria del gerente, sobre todo por su reciente divorcio y el gasto que implicaba la inminente inscripción de su hija en la universidad.

Por eso había decidido intentar nuevamente solicitarle al licenciado Mendoza un aumento de sueldo. Después de un año la señora esperaba recibir un mejor trato, por lo que aprovechó un momento en el que él estaba desocupado para abordar el tema.

-Licenciado, como usted sabe, la situación está difícil, y quería solicitarle nuevamente que si es posible vea la posibilidad de hacer un ajuste a mi sueldo. El licenciado ni siquiera quitó la mirada de su computadora, en donde hacía algún proyecto.-Si quiere un aumento ya sabe que no hay otra forma más que presentarse si ropa en mi oficina a las seis de la tarde.

La señora Rosa se sonrojó, visiblemente molesta por la respuesta, y también por la vergüenza que le provocaba la insultante actitud de su jefe. Si no fuera porque necesitaba el trabajo hubiera renunciado en ese mismo momento, de hecho eso había pensado las dos veces anteriores. Lo peor de todo es que aunque había estado buscando empleo en otra empresa solamente recibía propuestas de sueldos menores, con lo que no cubriría los gastos del nivel de vida al que se había aferrado. La señora Rosa todavía insistió:

-¿Y no hay otra manera? -No – respondió tajante el licenciado.

Un portazo fue lo único que se escuchó cuando salió la señora, cosa que no inmutó al Licenciado, que siguió concentrado en su trabajo. Durante toda la tarde la señora Rosa estuvo pensando en qué estaba fallando, pues no parecía ser posible que su jefe tuviera tal actitud, si ella no daba motivos para un trato tan insolente.

Ella, a pesar de estar en sus cuarenta y tantos, todavía poseía una buena figura, y ella sabía que había varios compañeros de trabajo que se daban cuenta de ello. Incluso algunas veces había llevado vestidos cortos para mostrar sus bien torneadas piernas, y había experimentado el alboroto de los hombres cuando se ponía escotes, que aunque ella no poseía unos senos de tamaño grande, sí mostraban con generosidad el aspecto terso de la piel de su busto, cosa que agradaba a los empleados masculinos de la empresa. De hecho, era normal recibir flores, regalitos y halagos de sus más cercanos colaboradores, así como de proveedores. Sin embargo, ella consideraba que eso no era motivo para que el licenciado la viera de esa manera.

-¿Qué te pasa…? – le preguntó Sonia, otra de las secretarias de la dirección. -Nuevamente me negó el aumento el muy desgraciado -respondió Rosa. -Ay mi vida, pues ya dile que sí. Te tratará bien. Total, piensa que es un galán. Solo es un rato y en la quincena tendrás tu aumento.

El comentario de Sonia la hizo reflexionar, y se animó a pensar en la posibilidad de aceptar. Todavía estuvo dudando el resto de la semana, pero el viernes tenía que tomar una decisión. El licenciado estaría fuera dos semanas, lo que implicaba 15 días más con carencias. Así, que aunque todavía había algunos empleados, el viernes se animó a entrar a la oficina del licenciado a las seis de la tarde. El hombre seguía absorto en la computadora, como era común.

-Licenciado… -¿Sí? Dígame… -Vengo por lo del aumento… he pensado en aceptar su propuesta.

Al escuchar esto, el licenciado quitó la mirada del monitor y miró a la señora de arriba a abajo.

-Ándele pues… quítese la ropa.

La señora se sintió decepcionada de sí misma por no haber podido encontrar otra forma de conseguir lo que deseaba, y permaneció de pie, dudando todavía si debía hacerlo.

-No lo tome de esa manera – dijo el licenciado Mendoza mientras se levantaba de su asiento, y rodeaba el escritorio para llegar hasta donde estaba la señora. – Tómelo como un intercambio de favores: Usted accede a darme un trato digno del gerente, y yo le doy el aumento que usted necesita. Mírese bien, Rosa, usted ha dejado pasar dos años desde que me pidió el aumento. Con el cuerpo que usted tiene ya hubiera podido obtener ese aumento y otras cosas más, y no solamente de mí. Supe que se separó de su esposo. Si usted realmente lo desea puede lograr un patrimonio más importante si no desperdicia estas nalgas de prostituta…

-¡Licenciado! ¡Me falta al respeto! – interrumpió la señora Rosa. -Discúlpeme -dijo el licenciado, mientras se colocaba detrás de ella y la tomaba de los brazos – estoy acostumbrado a tratar con mujeres de otra clase. Sé que usted es otra cosa, y lo tomaré en cuenta, se lo prometo. La trataré como toda una dama…

Al volverse la señora Rosa, el licenciado la tomó de las manos ella se animó un poco al notar sinceridad de parte de su jefe en este último comentario.

-Está bien…- dijo la señora, al momento en que empezó a desabotonar su blusa, y una a una fueron cayendo sus prendas, hasta que quedó desnuda ante la mirada satisfecha del licenciado Mendoza, cosa que la hizo sentirse humillada y totalmente indefensa. -Me agrada que no se haya quitado los tacones – dijo el licenciado – hacen más bellas sus piernas.

La señora se sintió mejor al recibir ese comentario. Se había acostumbrado a quedarse con los tacones pues a su esposo así le gustaba verla al estar desnuda. El licenciado acarició entonces muy levemente el cuerpo de la señora, apenas tocándolo con las yemas de sus dedos, como dibujando su perfil.

-Empínese por favor – dijo el licenciado, y ella se sintió traicionada pues tenía presente el comentario de “tratarla como una dama”, sin embargo accedió apoyando sus manos en el escritorio, bajando su torso, con lo que su trasero quedó al aire y con las piernas separadas, quedando exhibido su culo y parte de su vagina.

La señora pensó con temor que el licenciado la iba a penetrar, de hecho escuchó que se bajaba el cierre del pantalón, pero no volteó, simplemente se resignó a esperar su siguiente movimiento. La señora pensó en esos momentos que aquí terminaba la historia de la última secretaria que se había negado a negociar de esta manera un aumento con el Licenciado. Había sido la más decente de todas, pero ya no más. Después de unos instantes, la señora dio un pequeño brinco cuando sintió los dedos del licenciado tocar sus labios vaginales.

-Tranquila, Rosa… todo está bien.

El licenciado separó con sus dedos pulgar y anular los labios vaginales de la señora, e introdujo el dedo medio por el orificio. Una vez con un dedo adentro de la señora, el licenciado comenzó a tomar confianza e introdujo otro dedo, tocando los pliegues más íntimos de ella, mismos que nunca habían sido tocados por otro hombre que su esposo. El licenciado parecía querer conocer todos los rincones de la señora, pues en momentos metía sus dedos hasta el fondo, queriendo tocar el útero, y también acariciaba el clítoris suavemente, cosa que relajó en gran manera a la señora Rosa. El licenciado aprovechó su otra mano para acariciar las nalgas de la señora, blancas y suaves, que aún tenían las marcas de la pantaleta que se había quitado minutos antes.

-Así la quería tener…-dijo el licenciado -se ve hermosa… -Rosa se sintió halagada, comenzó a pensar que dentro de todo el licenciado estaba siendo amable con ella, pensó en la inscripción de Gaby, su hija, y pensó que a pesar de todo no estaba tan mal, tal vez por eso comenzó a sentir húmeda su vagina.

De repente sintió en el exterior de su ano los dedos del licenciado que recorrían el orificio deslizándose gracias a que estaban impregnados de la humedad de su vagina. Doña Rosa sintió cómo se introducía suavemente un dedo por ese orificio nunca mancillado ni siquiera por su marido. Sabiendo que debía mantenerse relajada para no sentir dolor, simplemente dejó que el licenciado explorara esa región de su cuerpo. Pensó en la imagen de decencia que tenían los empleados de ella en la compañía. A partir de hoy todo cambiaría pues ya no sería más una mujer decente. Comenzó a escuchar un sonido extraño, como de algo que se frotara con algo mojado. Volteó un poco hacia atrás y vio la causa del ruido: el licenciado se había sacado el húmedo miembro y estaba masturbándose. Sabía que en pocos instantes él desearía poseerla, y en un último intento por mantener su dignidad, con sus propias manos separó sus nalgas, abriendo su ano para que él la penetrara por ahí, con la esperanza de que el licenciado no tuviera el honor de penetrarla por la vagina.

Ni tardo ni perezoso, el licenciado dirigió su instrumento hacia ese pozo apetitoso y deslizó el glande hacia adentro. La señora Rosa dio un suspiro que fue la despedida de toda su decencia. El licenciado dio otra acometida y su carne se metió hasta el fondo en varios intentos. La señora se sintió comprometida a no defraudar a su jefe. Tenía todavía el temor de no tener el aumento, si es que no agradaba con su atención. Por esta razón, comenzó a mover suavemente y en forma circular su trasero, lo que provocó en el licenciado un placer mayor. Ella por su parte, cerró los ojos, tratando de no razonar lo que estaba haciendo.

-¡Eso es mi amor!… – le dijo el licenciado, y la señora sonrió levemente, para su propia sorpresa.

¿En qué se estaba convirtiendo? El licenciado estaba ya con el cuerpo pegado a su espalda, y besaba su cuello, lamía nuca y mordía suavemente sus orejas. Pero cierto era que estaba obteniendo placer, ya que el licenciado no se había detenido con las caricias que le proporcionaba con la otra mano, y esos dedos la estaban volviendo loca, pues se introducían ya con total libertad por la vagina de la señora. Uno de ellos en ciertos ratos se concentró en dar placer al clítoris moviéndose frenéticamente, cosa que hacía que la señora aumentara su ritmo cardiaco y se le subía el color. En cierto momento ese dedo se quedó ahí dándole placer de manera insistente. Con dolor ciego del miembro del licenciado entrando y saliendo del recto, la señora se sintió profundamente excitada al olvidarse por completo de los buenos principios que había tenido anteriormente. Ese dedo la estaba volviendo loca, y la otra mano del licenciado ahora amasaba los senos de la señora.

El licenciado sacó entonces su verga del ano de la señora, que quedó abierto, y la posó en los labios vaginales, apenas tocándolos.

-Por favor… -dijo la señora, en ese momento abrió los ojos, pues había hablado sin darse cuenta, pero al mismo tiempo sabía que estaba deseosa de que él la penetrara, que la hiciera suya de una vez. Sin embargo, él se quedó ahí, inmóvil, haciéndola sufrir. -Penétreme… -suplicó ella, sin recibir más respuesta que unas ligeras caricias del glande del licenciado en la región del clítoris. -Convénceme… -susurró él.

La señora se volvió entonces, totalmente decidida, y se puso de rodillas frente al Licenciado. Era la primera vez que tenía en frente al licenciado con su miembro en total erección. El aspecto de ese falo era terso y jugoso, pues estaba lleno de jugos vaginales. Sin dudarlo, la señora se acercó a él, y dio una ligera lamida en la punta, que se veía brillante. Comenzó a lamer el instrumento de amor del licenciado con fruición, como si se tratara de un helado, o una paleta. Sin aguantarse más, se lo introdujo todo de un jalón. Mientras, la mano izquierda de la señora buscó debajo de los testículos del licenciado y comenzó a acariciar la región que está dentro de las bolas y el ano de él. Su mano derecha no quiso permanecer estática, y buscó la vagina de la señora, para autosatisfacción.

El licenciado comenzó a verse lleno de oleadas de placer pues la lengua de la señora Rosa se movía como si fuera una profesional. Y es que eso sí había practicado y aprendido bien con su ex-esposo. La señora lamía, sorbía, besaba y chupaba el miembro del licenciado, que parecía a punto de estallar.

-¡Acuéstate!…-ordenó el Licenciado, y la señora obedeció, recostándose sobre la alfombra y abriendo las piernas, con sus propios dedos abrió su vulva para mostrarse en espera de ser invadida por esa cosa.

El licenciado ensartó su sabrosa verga de un solo intento, cosa que hizo dar un pequeño grito de “¡Ayyyy!…” a la Señora.

-Todo está bien, mi amor…-la calmó el licenciado.

Los dos cuerpos parecieron estar hechos el uno para el otro, moviéndose en un ritmo alocado, fundiéndose el uno con el otro.

-¡Así papacito… así!… – decía la señora, sudando, y ya con total descaro. -¡Más… más… más!

El licenciado estaba vuelto loco, sudaba también, y las venas de su cuello estaban saltadas, como si fueran a reventar. Su piel estaba roja, encendida de placer.

-¡Ya me voy!… gritó él, y momento seguido la señora sintió una fuerte descarga de caliente esperma que inundó su vagina.

El licenciado todavía acarició el clítoris de la señora con su mano derecha. Eso la ayudó a llegar a su clímax, estallando en un orgasmo profundo.

-¡Ahhhhhhhhhhh! -gritaban los dos, y juntaban sus lenguas en húmedos besos que se volvían lamidas en la cara y el cuello.

La señora quedó inmóvil sobre la alfombra, sin fuerzas, mientras el licenciado aún movía su cuerpo y daba las últimas acometidas, hasta que se dejó caer al lado de ella, vencido por el cansancio. Así, estáticos se quedaron varios minutos, después la señora se sentó y acarició la punta del glande del licenciado con suavidad.

-¿Estuvo bien? -preguntó ella, aunque estaba convencida de que había obtenido el aumento.

El licenciado se incorporó lentamente, mientras recogía sus ropas. Se puso la trusa, después la camiseta, el pantalón, y luego la camisa.

-¿Y?… -insistió ella, sin obtener respuesta.

El licenciado se anudaba su corbata. Ella comenzó a preocuparse por la indiferencia que mostraba su jefe ahora. Y muchos pensamientos comenzaron a llegarle a la mente. ¿Había sido un engaño?… ¿Y si no le aumentaba el sueldo? No había firmado nada su jefe… ¿todo había sido un abuso?

-Quiero saber cuándo voy a tener el aumento -dijo ella, alzando la voz, en un tono más serio.

El licenciado se volvió en cuanto terminó de arreglar su corbata, y caminó hacia ella, que permanecía de pie, desnuda, con una mezcla de saliva y lápiz de labios en el rostro, y visiblemente con residuos de semen en el vello púbico. El licenciado la tomó de un brazo bruscamente, y la jaló, mientras ella con las manos trataba de que él disminuyera su fuerza.

-¿Qué pasa?… ¡ya hice lo que quería! -¡A mí no me dan órdenes!…-vociferó él – Yo sé si te doy el aumento o no.

El licenciado abrió la puerta de la oficina, y con un movimiento jaló a la señora que se resistía, para después empujarla hacia afuera, donde las miradas de Sonia y dos empleados que se habían quedado trabajando la miraban con asombro.

-¡Prostituta!… -gritó el licenciado.

El licenciado dio un portazo, dejando a la señora totalmente exhibida y suplicando la dejara entrar para recoger su ropa, mientras las lágrimas invadían sus ojos.

-Tranquilízate- le dijo Sonia – ya pasó. Mira te voy a prestar un saco.

Los dos empleados continuaban con su trabajo, tratando de disimular, aunque no podían evitar dejar de mirar la desnudez de la señora Rosa y hacer algunos comentarios en voz muy baja. Sonia le prestó un saco largo a doña Rosa, y luego la llevó a su casa en su auto compacto. Por suerte, ese día se había ido su hija Gaby al cine, por lo que no se dio cuenta del estado en el que había llegado su madre. La señora Rosa estuvo angustiada el fin de semana, pensando que había sido objeto de una gran humillación y todo había sido probablemente en vano.

Sin embargo, el lunes por la mañana se presentó como siempre a trabajar, y sobre su escritorio estaba un folder color azul claro. Al abrirlo, la señora Rosa encontró una copia de un memorando donde se especificaba el aumento de sueldo del 40%. Todas sus dudas se disiparon en ese momento, y una enorme tranquilidad se apoderó de su ser. Por fin, no tendría que preocuparse.

Ella sonrió. Se dio cuenta de que había encontrado la forma de obtener otro aumento, en un tiempo muy corto.

Autor: Susy

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Categoria: General. 3,752 lecturas.
Publicado el 1-8-2009 por Achorro