Aprendiendo a complacer
No se me da bien el sexo. Por más que lo intento soy un desastre, y sin embargo, puedo asegurar que lo intento… porque para ser bueno en algo hay que aplicarse, ¿no? Realmente no sé si tengo un problema, si todos los tíos que me he follado hasta ahora son unos inútiles o si espero de un orgasmo mucho más de lo que es.
Cuando acabo de echar un polvo siempre pienso que ya está bien, que la siguiente vez que me folle a un tío será porque siento algo por él, no porque ha estado en el momento justo en el sitio preciso. Y es que, cuando a mi alrededor todas mis amigas tienen novio, relaciones maravillosas, de uno, dos o los años que sean, pienso que la siguiente en caer seré yo, y que el estar con alguien significará más tiempo para conocer a esa persona, para que él aprenda lo que me gusta y que yo aprenda a satisfacerlo. Alguien con quien me atreva a jugar a cualquier cosa, porque eso es lo malo de sólo follar con desconocidos: que no son de fiar.
Pero de momento, sigo sin tener novio, y sigo demasiado caliente como para aguantar sin follar, así que sigo con mis lecciones prácticas sobre “cómo echar un buen polvo y que sea lo suficientemente bueno para contarlo”. Nunca he tenido problemas para pillar un tío: no es que sea un pibón, ni mucho menos, y siento si a algún hombre le molesta mi comentario, pero es que a la hora de follar es muy fácil encontrar un tío si una tiene ganas. Y normalmente yo suelo tener bastantes. Como siempre he vivido en un sitio muy pequeño lo de encontrar gente que luego no vaya a volver a encontrarme es complicado, y así fue como empecé a mirar por Internet, a descubrir páginas, entre ellas esta, y a conocer gente.
Las páginas de relatos eróticos me dieron unas cuantas oportunidades: basta con hacer algún comentario cuando algo te gusta para que la gente se fije en ti, y como siempre he sido una lectora ávida, pronto tuve una larga lista de personas agregadas en mi cuenta del msn. Gracias a estas conversaciones empecé a soltarme más, a imaginar más allá de lo que he visto en películas porno (bastante lights, por cierto, visto lo que se puede llegar a hacer) y a conocer a gente muy interesante.
Así llegó mi primer encuentro real. Fue en la ciudad donde estudio, con un chico algo mayor que yo que vivía en Madrid, y aprovechó venir a ver a su familia para quedar conmigo para una tarde de sexo.
Lo habíamos hablado muchas, pero muchas veces por msn. Qué haríamos, cómo iría vestida para excitarle, hasta dónde estaba dispuesta a llegar y cómo se iba a desenvolver la cosa. A él le iba mucho el rollito dominador, y a mí me atrae bastante esa fantasía, que me manden, y dejarme hacer, pero realmente me da bastante miedo quedarme sometida a alguien que no conozco y sin posibilidad de escapar o negarme. Así que aquel día todo iba bastante orquestadito: él me recogería en coche para ir al chalet familiar, que por ser otoño estaría vacío; yo tenía que ir vestida provocativamente, tal y como a él le gusta, y quedamos en una zona alejada del centro de la ciudad, cerca de un descampado.
El rato que estuve esperando a que llegara me sentí bastante expuesta, porque a pesar de no ser el centro, había bastantes personas rondando aquella zona, entre ellas varios hombres, ya mayores, paseando el perro, que no se cortaban lo más mínimo en mirar como iba vestida, añadiendo alguna mueca de desaprobación ante mi vestuario. Llevaba unas botas altas color granate, con unas medias de rejilla negras que me llegaban un poco por encima de las rodillas. Para conjuntar llevaba puesta una minifalda granate que hacía años que no me ponía porque me quedaba pequeña, y una camiseta también granate de tirantes y escote en uve. Además llevaba puesto un sujetador sin tirantes y un tanga que me había comprado unos días antes por si Fran quería rompérmelo.
El plan era sencillo: él me recogía, nos íbamos al chalet, yo le hacía una mamada (más concretamente, él me follaba la boca), él me comía el coño y me echaba un polvo. Aquella vez quedamos en que la cosa no iría más allá de eso, que el culo era negociable si todo salía bien, y que todo tenía que ir aderezado de bocados, mordiscos, bofetadas y muchas palabras sucias.
Con cada coche que pasaba me ponía más y más nerviosa, por miedo a que me viera alguien conocido, por miedo a que algún desconocido me propusiera algo… realmente no sabía que era lo que más temía, pero estaba bastante cagada a la par que intentaba mantener una actitud altanera y decidida, como si eso de disfrazarme de puta y esperar en la esquina de un descampado fuera parte de mi día a día.
Recuerdo que aquel día era domingo, y serían las cinco o las seis de la tarde. Aquella tarde se corría la última fecha del mundial de Fórmula 1, aquel que tan disputado estaba entre Fernando Alonso y Hamilton.
Finalmente, un coche paró justo enfrente de donde yo estaba. No recuerdo el color, ni la matrícula, ni mucho más. Sólo que tuve que cruzar por el paso de cebra para salvar el refugio y que él bajó del coche. Era un tipo normal, delgadito, con el pelo moreno largo… con ese largo justo para que las madres insistan en que hace falta un buen corte. Llevaba camisa, como yo le había pedido, porque me encanta eso de ir quitando botón a botón, y vaqueros. Se acercó a saludarme, y se le cayeron las llaves del coche. Recuerdo que en ese momento pensé que era bastante torpe; sólo más tarde se me ocurrió pensar que él también podía haber estado nervioso. Nos dimos dos besos y fuimos al coche, donde él me abrió la puerta para sentarme, detalle que me molestó bastante… no soporto esos detalles superficiales que hacen que los hombres se crean caballerosos, mientras que a nosotras nos tratan como a inútiles.
Me preguntó que si quería ir a algún sitio antes, peor yo no quería pasearme mucho así vestida por la ciudad, así que le pedí ir al chalet, y él me ofreció la posibilidad de trayecto corto o trayecto largo. Largo. Por supuesto, estaba demasiado nerviosa para ir directamente al grano. Durante el viaje le pedí que me diera su DNI, para comprobar que el número era el mismo que me había dicho por msn. Soy bastante paranoica con eso de no fiarme de la gente, y menos de los hombres, sobre todo si los conozco por Internet, así que había memorizado el número, y eso a él pareció hacerle gracia.
La urbanización de chalets a la que llegamos al cabo de un rato estaba bastante apartada de la ciudad, y dada las fechas que eran, se veía muy solitaria, y en cierto modo abandonada, cosa que me daba miedo por un lado, y morbo por otro, porque podría gritar a gusto de placer. Bajamos del coche cuando él aparcó y entro dentro del chalet a conectar las luces, o algo así. La verdad es que no me enteraba muy bien de lo que él me decía: recuerdo hablar de su trabajo en el viaje, pero poco más. Estaba demasiado nerviosa, demasiado a la expectativa de lo que iba a pasar.
Para no eternizarme, diré que nos quedamos en el salón y de ahí, concretamente del sofá, no pasamos. Hablamos unos minutos más para romper el hielo, sentados uno al lado del otro, hasta que él dijo:
- Bueno, vamos, ¿no?
Y se tiró a besarme. Me encantan los hombres que besan bien: me parece increíblemente erótica la sensación de una lengua caliente y mojada entrando en mi boca. Es como follar, pero la sensación en la boca, en los labios, y con las lenguas me sigue pareciendo suprema. Tanta humedad… Me caliento con solo pensarlo. Con los ojos cerrados recuerdo sus manos agarrando mi cabeza y sujetándome del pelo, para poder introducir su lengua mejor en mi boca. Después sus manos bajaron a mi pecho, y yo no dudé ni un segundo en separarme de él para quitarme el sujetador y tirarlo a un lado. Y él, sin quitarme la camiseta, sacó por encima del escote mis tetas, y dijo una frase que se convirtió en un chiste propio: “menudo par de berzas”.
A Fran le gustaba el rollo dominador y no perdía la ocasión de llamarme puta, decirme guarra, o perra. Y a mí me encantaba que lo hiciera. Cuando tuvo mis tetas en sus manos se tiró a comerme una mientras me ordenaba que yo hiciera lo mismo con la otra. Tengo un par de tetas enormes y siempre he tenido complejo con eso, porque al ser tan grandes, digamos que no es que estén perfectamente puestas, como esas que lees en otros relatos, que son redondas, altas y bien colocadas.
Mis tetas, como ya digo, son grandes y tienen la suficiente caída como para bambolear de un lado a otro mientras me follan en perrito, o para que yo pueda metérmelas en la boca y morder mis pezones.
Y cuando digo morder me refiero a morder, hincando bien los dientes y sorbiendo con fuerza los pezones, ya que son pequeñitos, no muy sensitivos, y hay que insistirles para que se pongan duros. Tengo las aureolas grandes y coloreadas de un tono rosita claro, que según el día puede llegar a salmón o incluso a marrón clarito. Pero el pezón es pequeñito, de un rosa más oscuro, y de color rojo encendido cuando está erecto, porque, como ya he dicho, para que estén duros hay tirar de ellos con los dientes, morder y chupar con fuerza, sin miedo.
Volviendo al relato de los hechos, Fran estaba entretenido en una teta mientras yo me hacía cargo de la otra: a él le ponía ver cómo yo me comía mi propia teta, aunque, como me dijo más tarde por msn, debería haberlo hecho más veces aquella tarde. Él hacía una cosa que me encantaba: levantar y amasar mis tetas, apretando con fuerza, como si me ordeñara, disfrutando de su suavidad, juntando las dos tetas en el centro para poder morder los pezones a su gusto, y al mío.
En un momento dado, dejó de morderme y magrearme las tetas para azotarlas levemente con la palma de la mano. Tengo que decir que tengo la piel muy clarita, de modo que en seguida, y con pocos golpes, y suavecitos, se me empezó a poner más coloradita. A él le gustaba llevar el control, de modo que yo estaba medio reclinada en el respaldo del sofá, con las piernas abiertas, porque, por más que lo intentaba se me abrían solas de la excitación, y él estaba sentado a horcajadas encima de mi cintura, de modo que mi margen de maniobra y de movimiento era bastante escaso.
Me calentaba mucho estar en esa situación, no sabría decir por qué, pero las pocas veces que conseguí ponerme yo encima, él me volvió a empujar y volvió a montarse sobre mi cadera, como demostrando que ahí quien mandaba era él.
Le gustaba especialmente jugar con el tanga. Yo me lo había comprado la tarde anterior, junto con las medias, por si a él le apetecía romperlo. No quería que rompiera uno al que le tuviera cariño (me encariño rápidamente con las cosas) así que compré uno nuevo, por si se daba el momento. Pero ni le dije que era nuevo, ni que podía romperlo, y él, como chico educado y respetuoso para con su puta del momento no lo rompió. Pero si que jugó con él.
Más tarde me confesó que hubiera querido jugar más, pero llega a jugar más y yo creo que me muero allí mismo. La idea de jugar con el tanga, eso de ponérmelo del revés y follarme con él (no con él puesto, sino con la tira del tanga rozando mi clítoris) no me parecía atractiva en absoluto, y no lo hicimos, pero sí que se dedicó a tirar varias veces de mi tanga.
Muchas veces. De forma estratégica y calculada, calentándome con la fricción de la tela en mi coño, recogiendo mis flujos con la misma tela, y volviendo a tirar, lo que me hacía elevar las caderas… todo lo posible, porque él seguía sentado encima de mí.
No sé en qué momento perdió él la camisa, recuerdo quitársela yo, dando paso a un pecho bastante bien formado, y no recuerdo muy bien cómo ni en qué momento, pasé de estar semitumbada en el respaldo del sofá, con las tetas sacadas por encima del escote de la camiseta, las piernas completamente abiertas como una puta y el rimel corrido, a estar arrodillada delante de él, clavándome el suelo en las rodillas y viendo salir la cabeza de su polla de los calzoncillos.
Como digo, no sé si fue antes o después de adoptar la situación, pero sí que sé que en algún momento dije la frase pactada. Él quería que yo se lo pidiera, en vez de pedírmelo él a mí, como haría con cualquier puta de la calle. Él quería que fuera yo la que lo pidiera. Y así lo hice:
– Fóllame la boca.
Autora: María
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Publicado el 24-4-2009 por

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